Plenilunio

 

Noche de luna Nueva, oculta, tapada por el manto de la oscuridad. Misteriosa me mira detrás de su velo. En silencio pretende dominar los secretos del alma. No en vano, la busco entre las ramas de los árboles

 La luna llena no se hace esperar. La que brilla, la que alumbra mis pensamientos y los colma de dudas, de sorpresas inesperadas, de sueños que se desvanecen, de malentendidos, de sufrimiento y de tristeza. Esa luna maliciosa que me visita cada mes, a estas alturas de mi vida, me anuncia sinsabores cuando debería regalarme miel y azucarillos que endulzaran la existencia corta que alberga un corazón ya cansado de lágrimas y desencantos.

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Las ilusiones se consumieron con el paso de los años, cuando más parecía que, por fin, se recrearan entre mis canas y las tibias arrugas que afloraron ya en un rostro que se resiste a envejecer.

¡Oh! Cálida y dulce noche de octubre, de luna casi llena, rabiosa de luz y fulgurante presencia. Ahora ninguna rama indiscreta la cubre, ni siquiera ensombrece su perfil. El cielo está raso de nubes y ella va mostrando poco a poco los rasgos de su cara redonda. Se enseñorea de su luz artificiosa y me mira con desdén, porque en su expresión se dibuja un gesto de rebeldía.

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Mi ventana permanece cerrada al relente de la noche, que ya va siendo fresco, pero ella, a través del cristal, intenta penetrar en mi alma ahora dolorida, como un ladrón furtivo y golpea el cristal con su luz. Entonces surge un duelo entre su curiosidad en el afán de conocer mis secretos y el silencio oscuro y hermético que me embarga por la insatisfacción y el hastío.

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El tiempo transcurre y la música dejó de sonar. Fuera, en el jardín, la luz blanquecina y opaca de una luna incipiente marca el punto de partida de una huída sin retorno. La que pudo haber sido y no se realizó, fue testigo único una luna curiosa, fría, muda y desleal.

La cara amable, rebosante de bondad de la luna de agosto, más vieja pero más sabia, ha dado paso a otra más turbulenta, amante de conflictos sin resolver y precursora de malos augurios.

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¡Huye luna! hacia otros destinos y despójate de esos andrajos de predestinación y desastre. Vístete, ¡Oh luna! Con tus mejores galas y vuelve a mí ataviada de oropeles de plata, que celebraremos juntas tu puesta de largo como luna llena esplendorosa. Así ahuyentarás los fantasmas negros de la incomprensión que tanto atenazan mi espíritu. Muéstrate tal como eres, fulgurante en tu palidez, serena y madura como una señora dama, anciana pero muy seductora y bella.

 

María de Fraile.- 29 de Octubre de 2019

El Estudio de la Calle de Leganitos

Conocí a un chico que tenía un estudio en la calle de Leganitos. A mi edad, no consideraba peligrosas las calles de Madrid, incluso podrían ser más atractivas si estaban fuera de mi barrio y formaban parte del conjunto histórico de la ciudad.

Leganitos era odiada por puritanos y gente de recto proceder, pues su fama sobrepasaba la línea roja de lo estrictamente permisible. Los prostíbulos camuflados estratégicamente en hoteles más o menos respetables se distribuían a lo largo de la calle, junto a los bares y restaurantes frecuentados por turistas. Y en mitad de ella, una comisaría de policía se mezclaba entre los edificios de los que salían y entraban gentes de toda condición. ¡Toda una paradoja!

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Calle de Leganitos. Subida hacia Plaza de Sto. Domingo

 

En la parte más alta de la cuesta, se llegaba a la Plaza de Santo Domingo y allí el ambiente se distendía. A un paso de la Gran Vía, se conjugaba lo nuevo con lo antiguo.

 

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Plaza del Callao

Volviendo sobre nuestros pasos, se accedía a la plaza del Callao, sorteando callejuelas y pasajes hasta concluir en la señorial Plaza de la Ópera.

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Plaza de la Ópera

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Calle de Arrieta

 

Un poco más adelante, la calle Arrieta  nos mostraba el convento de la Encarnación. Para terminar en la majestuosa y elegante plaza de Oriente

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Convento de la Encarnación

Me gustaba perderme por esos rincones que embrujaban mis sentidos e inexorablemente mi voluntad se dejó llevar hacia las taquillas del Real.

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Teatro Real de la Opera

Rebuscaba en mi pequeño bolso con qué pagar aquella entrada de “Paraíso” para escuchar a Claudio Arrau. Pude satisfacer mi interés en aquel momento y volví a casa con mi entrada en el bolsillo. No se trataba de la actuación de alguna gran filarmónica. Pero ese recital me llenaba de emoción. Aún habría de esperar un par de semanas. En cualquier caso, estaba muy emocionada por asistir, sola, sin acompañantes ni amigos. Todo el escenario para mí. No lo creía posible.

Y conocí al chico del estudio de la calle de Leganitos. Representaba una novedad inusual en mi vida, y llegó a convertirse en algo mágico.

El edificio estaba próximo a la plaza de España. Mientras lo observaba con detenimiento desde la acera, me acerqué a curiosear  el local que había en la parte baja, bullicioso y poco hogareño. Tenía un escaparate con grandes fuentes de hielo triturado desde donde se movían los largos bigotes de cigalas, langostas y otros bichos de mar. El estudio estaba situado en el primer piso y era utilizado para guardar bebidas y otros utensilios. En aquella vivienda deshabitada se apilaban cajas de botellas de vino y licores. Al fondo de todo ese muestrario improvisado, una puerta grande de color oscuro permanecía cerrada con un grueso candado. La gran sala que servía de almacén, estaba ahora en la penumbra por permanecer cerradas las contraventanas  de sus dos balcones principales.  

Recibí una invitación para conocer ese lugar, que se me antojaba caprichoso y con un misterioso encanto. Fui de la mano de una amiga común, menos aficionada a la música que yo pero llena de ganas de que conociera el lugar. El amigo nos recibió en el portal. Su aspecto era el de un hombre joven, serio  pero atractivo y algo bohemio. En su atuendo destacaba una chaqueta Harris, de lana y una bufanda escocesa de colores azules. La pipa de aromático tabaco inglés aún humeaba entre sus dedos. Nos saludó con afabilidad y subimos al estudio.

IMG_3845Al abrir la puerta, me sorprendió que estuvieran cerradas las ventanas. Podría ser una habitación luminosa pero él prefería la luz artificial, el aislamiento y la soledad para una mejor compenetración con el mundo de la música. La estancia no era muy grande pero si cabían dos grandes cajas sonoras de altavoces, junto a un amplificador, un giradiscos modesto y una radio  acoplada al conjunto. A la izquierda de la puerta, había una mesa de escritorio que adquirió en una liquidación de mobiliario antes de que demolieran la antigua Casa de la Moneda. Era robusta, de madera rojiza y con cajoneras a ambos lados. Frente a ella, una mesita velador y una pequeña turca, que bien podía hacer de sofá algo desvencijada, completaban el mobiliario. Las cajas acústicas estaban colocadas en ángulos contrapuestos para producir mejor sonoridad y, sobre las paredes y contraventanas cerradas, se habían colocado grandes pósters, a modo de cuadros que exhibían reproducciones importantes de exposiciones pictóricas como El Greco, los Madrazo o un mapa de Gran Bretaña, en el que se podía ver muy bien ilustrado, las diferentes monarquías inglesas desde sus inicios, además de leer la historia de cada una de sus ciudades más importantes. Nuestro amigo hubo de recorrerse algunas embajadas y oficinas de turismo de algunos países para completar la decoración de su pequeño estudio.

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Hacía fresco en esa casa deshabitada y oscura pero contaba con una pequeña estufa de infrarrojos colocada estratégicamente sobre el marco de la puerta de entrada. Una botella de whisky  Vat 69 convertida en lámpara, alumbraba desde la mesa de estudio y envolvía con su luz tenue, el ambiente de aquel cuarto extraño a mis ojos pero cálido y embriagador.

Ya había caído la noche en aquel sábado de noviembre y aún no eran las siete de la tarde cuando nuestro amigo colocó un disco sobre el giradiscos. Y  entonces conocí a Gustav Mahler.gustav-mahler

Hubo a partir de ese día, muchas tardes en las que mi nuevo amigo, aquél que tenía un estudio en la calle de Leganitos, me invitó a disfrutar de su música, momentos en los que, al abrigo de un café y un bizcocho borracho, saboreé nuevos compases, otras melodías, muchos conciertos y otros tantos compositores e intérpretes.

Hubo veladas donde los acordes de la banda de jazz de Ahmad Jamal amenizaron nuestra tertulia. Al calor de una copa de licor y un puñado de velas, dibujamos un mundo de luces brillantes y grandes proyectos de futuro.

Mi vida se llenó de música, de ilusiones nuevas, de otros sentimientos, de sensaciones que hasta entonces no había experimentado. La música sirvió como nexo de unión. Fue ese algo fundamental con quién compartir.

He vuelto a la calle de Leganitos. Las tiendas de chinos y los locales de comida rápida  han hecho desaparecer todo su encanto. Cerca, rugen con furia las máquinas que destrozan la Gran Vía. Es como una figura de porcelana que se rompió y ningún pedazo sirve para recomponerla en ese diabólico puzzle. La cafetería continúa en el mismo lugar y el estudio de mi amigo desapareció para integrarse al resto de la vivienda y convertirlo en un gran salón restaurante.

¡Qué absurdo destino, que mueve al ser humano a destruir lo que más valora, en aras de un equivocado y mal intencionado beneficio.

 

María de Fraile. Julio de 2018.-