El Friso de la Vida

En nuestro itenerario por tierras noruegas, nos detendremos hoy en su capital, Oslo. Bella ciudad protegida del mar del Norte por sinuosos fiordos y donde se disfruta de un clima más bonancible, debido en parte gracias a la corriente del Golfo de México.

El punto de encuentro será la Galería Nasjonalmuseet para el Arte, la Arquitectura y el Diseño, de Oslo.

¿Entramos?

¿Quién no ha oído hablar del pintor Edvard Munch y su famoso cuadro “El Grito”?.

La más genuina expresión de libertad en un mundo sordo. La lucha contra la opresión más despiadada del ser humano se plasma en este sencillo lienzo de 91 x 73,5 cm. y data de 1893. El protagonista indiscutible es una figura humana, andrógina en su forma, que inunda de terror la visión del espectador y transmite con su grito mudo un sentimiento de angustia a todos los que, en ese momento, le observan.

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La representación es muy clara. Un hombre sin edad definida, sin pelo, sobre un fondo de amarillos y ocres, donde el pintor parece poner de manifiesto un atardecer opaco y macilento, camina sobre un puente. A sus espaldas, el fiordo envuelve de azules la pequeña ciudad de Kristiania. En mitad del paseo, se detiene. Se ha sentido intimidado por algo sobrecogedor. Sujeta la cabeza con sus dos manos y lanza un grito que no llega nunca a traspasar la garganta. Detrás de él, se recortan dos figuras humanas, tal vez un par de amigos que le acompañaban pero que no llegaron a participar de esa misma sensación aterradora.

Cuentan los que han profundizado sobre la trayectoria del pintor, que su infancia estuvo salpicada de tristezas, pero no por ello se malogró su producción artística.

Este trabajo está encuadrado dentro de una serie de pinturas conocidas como “El Friso de la Vida” y han sido objeto de profundos estudios e interpretaciones.

Edvard Munch es considerado el precursor del Expresionismo.

Edvard Munch. Autorretrato. 1895

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El cuadro de “El Grito” fue robado en el 2004 y se recuperó en el 2006.

María de Fraile, 3 de Septiembre de 2016.-

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NOSTALGIA DE UN VERANO EN EGIPTO

 

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El verano se acaba, aunque los calores persisten. Este año llegaron del desierto arenosos, de bruma tupida e inagotable sequedad. Lo inundan todo y envuelven mi ciudad con un manto amarillento.

Y entre calimas vespertinas y preludios de finales de Agosto, me llegan imágenes ya pasadas de otros lugares, diferentes momentos.

El Nilo se abre en mi imaginación como un abanico. El viento azota mis ideas y sujeto mi sombrero de paja con una mano mientras levanto la mirada hacia el horizonte que humea un espejismo de luces, donde el hombre se arrima a un mundo lleno de sortilegios y, conocedor de su existencia, saborea el amargor de su finitud.

Regreso al autobús que me llevará a Port Said, allá donde el mar se mezcla con el lodo febril y dulcifica mi ansiedad. El puerto luminoso canta las delicias de prostíbulos en la noche cálida.

Dediqué de soslayo una mirada hacia donde podría situarse La Meca, cuando el muecín voceó la última estrofa de oración. Mar adentro, se fue desdibujando la costa mágica de la antigua morada de faraones. Mientras, la luna clara hundía su sombra entre bordados de espuma marinera y nos empujaba hacia nuevos destinos.

Atrás quedó la mezquita de Omar, el mercader de abalorios, la suciedad de las calles, la grandiosidad de la esfinge y la mirada misteriosa de una mujer que alimentaba a su niño junto al relente de una fuentecilla, donde un sol de justicia castigaba el espíritu. Y el cielo vomitó fuego y arena y la luz se tornó ocre y macilenta.

Rodeada de papeles, recuerdos fieles de un viaje de ensueño y embargada por la nostalgia, trato de enlazar ideas con lugares, experiencias con deseos inalcanzables y, desde mi sillón casero donde pasé tantas horas, voy rumiando lo que hubiera podido ser pero que nunca existió. Esa utopía donde se circunscriben la belleza con el misterio.

María de Fraile.

EL ENSUEÑO DE ESCANDINAVIA

Rutas y caminos por los fiordos noruegos.

Ha pasado un tiempo desde nuestro último encuentro y ahora es el momento de contaros historias maravillosas ocurridas en mi reciente viaje a Noruega.

Compartiremos lugares de una belleza incuestionable, pero también vivencias y anécdotas de algunos de los personajes que formaron parte de ellos. El paisaje es lo que da énfasis a estos rincones y es donde se pone de manifiesto su clima, el carácter de sus gentes y las costumbres ancestrales. Este anhelo nos incita a ir en su busca para conocerlo y admirarlo.

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En esta época del año en la que el calor nos martiriza hasta enloquecer, puede convertirse en un bálsamo el recuerdo de un país que se llena de luz en la época estival e inunda de agua fiordos y gargantas con el deshielo.

Los inicios del verano son los más propicios para recorrer sendas escarpadas, valles profundos de vegetación exuberante, pequeñas ciudades limpias casi puras, circundadas de lagos, donde una niebla suave se posa al inicio de la mañana y levanta a las pocas horas para llenar de luz las pequeñas casas de madera pintadas, situadas a las orillas de un remanso del fiordo.

Y en los días nublados, protegidos de la lluvia contemplaremos bajo un cielo gris el despertar de arbustos ya en flor, árboles que muestran sus colores más brillantes entre la bruma con un verdor elegante casi exquisito. Y el agua como protagonista, rompiendo rocas y saltando hacia el abismo.

María de Fraile.

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