Madame Bovary o La Fragilidad de un Sueño

Gustave Flaubert nace un 12 de Diciembre de 1821. Un niño como los demás de su época. Provinciano de la ciudad francesa de Rouen y donde pasó casi toda su vida,  tal vez más protegido y mimado que la mayoría. Su educación familiar le hizo retraerse y ralentizó su aprendizaje en la lectura. –“¿Por qué tengo que aprender si me lee el tío Mignot?”–razonaba con ingenuidad.

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Gustave Flaubert

Los bosquejos de la primera novela en los inicios de su juventud, son una muestra autobiográfica, un fotograma preciso y singular: “Yo era alegre y risueño, amaba la vida y a mi madre…” “Memorias de un Loco” marca una ruta en el horizonte de su vida. Su inquietud en valorar sentimientos nobles como el amor, la libertad y la justicia, está patente en sus obras iniciales.

La revolución de 1848 hace que sus ilusiones se desvanezcan. Las primeras experiencias amorosas le producen desaliento. Ya no aspira a construir una sociedad nueva. Y concibe la obra que marcará su vida por la controversia que generó en la sociedad de su época. “Madame Bovary” comenzó a gestarse en 1851 y fue concluida en abril de 1856 y publicada al año siguiente, con una tirada inicial de 6.600 ejemplares, que se agotó inmediatamente, y dos meses después, apareció la segunda edición. Llega en el momento preciso para manifestarse ante los ojos del mundo como un revolucionario de las ideas, de las costumbres y la moral más ortodoxa e inflamada por los prejuicios de una sociedad constreñida y obsoleta.

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La historia de Emma Bovary, descubre a una hermosa campesina de Normandía,que, impresionada por las  historias amorosas que leía ávidamente a la salida de la escuela, llegaron a forjar en su imaginación cuentos de amor con hermosos príncipes embelesados por sus encantos y la llevaron a transformar su mundo en un escenario irreal, donde no había cabida para la moral y en el que su locura dejó al descubierto el delito de adulterio y puso en cuestión el amor de madre y esposa. Emma transgrede las normas más elementales. Se siente acosada por sus problemas personales, que la hacen mentir, robar para finalmente abocarse al suicidio. Ese relato creó ampollas en los entresijos de la sociedad pero abre una brecha ya imposible de cerrar. La sociedad está en crisis. El mundo de las ideas se mueve vertiginosamente y marca otros cauces de comportamiento y en 1857 se celebra un juicio en el que Flaubert es acusado de ultrajar la moral pública y religiosa, además de atentar contra las buenas costumbres. Finalmente y gracias a la pericia de su abogado, es declarada la sentencia absolutoria. 

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Bosque de Giverny (Alta Normandía)

Flaubert trata de recuperarse de las intrigas y viaja a Túnez y Argelia. Intenta centrarse en un nuevo proyecto y embarca con destino al milenario Cartago. Un gran despliegue de acontecimientos históricos conforman la novela. “Salambô” se recrea en los sentimientos de su heroína. Desmenuza hasta la saciedad descripciones, ambientes, todo un repertorio de sucesos alrededor de la ciudad de Cartago (hoy, Túnez), las guerras púnicas y la hegemonía cartaginesas. Surge un Flaubert documentado en ambientes de épocas pasadas y pone de manifiesto ese interés casi oculto en aprender de los textos antiguos como la Eneida, leyendo a Virgilio e intentando alcanzar metas elevadas sobre todo en el aprendizaje del latín y el griego. De ahí que toda la obra del escritor tenga un objetivo clave en su vida, el de la búsqueda incansable de la perfección. Finalmente su novela concluye en 1862.

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CH. Huard para una edición del Siglo XIX. Bouvard et Pécuchet.

Más tarde, seguirían “la Educación Sentimental”, acabada en 1869, “La Tentación de San Antonio” y su obra póstuma “Bouvard y Pécuchet”. Quedó inacabada a pesar de su interés, siendo ardua y laboriosa su ejecución. Algunos comentaristas la clasifican dentro de un tema confuso pues no sabrían situarlo dentro del campo de la novela o puramente filosófico y la comparan con un Quijote normando en paralelo al héroe cervantino. Dos chiflados funcionarios deciden abandonar su escribanía para explorar nuevas aventuras en otros tantos oficios, todos ellos destinados al fracaso, para, después de vanas exploraciones, volver a su antigua labor de servidor público. Un exhaustivo y concienzudo trabajo de documentación bibliográfica que el escritor desarrolló con brillantez. 

“El escritor debe meterse en sus personajes y no acercarlos a sí mismo”. G. Flaubert.

Gustave Flaubert, en sus recuerdos, apuntes y pensamientos íntimos (1840-1841)

 

Se describe a sí mismo:

“Lo que me falta es, ante todo, el gusto. Es decir, todo. Capto y siento en bloque, en síntesis sin advertir los detalles. Los tutti me van bien. Me interesa lo que asoma o se destaca a las claras. La textura se me escapa; como tengo manos rudas, no siento bien la blandura de la tela, pero en cambio sí que me impacta su brillo. No me agradan las medias tintas. Me interesa el condimento y lo picante, lo acaramelado o lo azucarado, pero no lo delicado. El color y la imagen, ante todo. Carezco de concisión y, más aún de precisión. Nada de unidad. Movimiento, sí, pero nada de poesía real. Inventiva, pero ningún sentimiento de ritmo. Eso es lo que más me falta. Y, sobre todo, tengo un estilo hinchado y pretencioso”.

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Cuando habla sobre el amor:

“Así como tengo delicados deseos de amor, los tengo también ardientes, sangrantes, horribles. El más virtuoso de los hombres alberga cosas horribles en el corazón. Existen ideas que no confesamos a nadie, ni siquiera a un complice o a un amigo. Cosas que no se deben decir en voz alta. ¿Te has ruborizado alguna vez debido a secretos e innobles movimientos que ascendían dentro de ti y que después se aplacaban, dejándote perplejo de haberlos tenido?

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Al hilo de sus sentimientos acerca de escribir:

“Escribo porque me divierte. El pensamiento es la más grande voluptuosidad. La voluptuosidad en sí misma es pura imaginación. ¿Alguna vez has disfrutado tanto como en sueños?”

Su idea sobre la moral:

“La moral sin religión es algo absurdo que sólo tiene valor en la mente de los filósofos”.

Sobre su concepción filosófica del sentimiento humano:

“El estoicismo es la más sublime de las estupideces. La modestia, la más orgullosa de las bajezas. Si existe algo superior al razonamiento es la inspiración. Si algo juzga mejor que el juicio es el tacto, que no es mas que la inspiración que nos causan las cosas físicas, la vida activa”.

Al poco tiempo de estas reflexiones:

“acabo de leer este cuaderno y he sentido piedad de mí mismo”

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“Hay que leer, meditar mucho, pensar siempre en el estilo y escribir lo menos posible, únicamente para calmar la irritación de la Idea, que exige tomar forma y que se revuelve en nuestro interior en tanto que hayamos encontrado una palabra exacta, precisa, adecuada”.

 Fragmento de la carta que envió a su amiga Louise Colet, en Diciembre de 1846.-

Gustave Flaubert es un espíritu insatisfecho, muy crítico con una sociedad en declive, pero defensor de la libertad y del estilo literario. Observador objetivo y un auténtico precursor de la modernidad.

María de Fraile. Abril de 2019.-

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Un día en la Feria del Libro Antiguo

Transcurridas unas semanas de desconcierto, rompedoras de rutinas por unos días festivos que casi todos han esperado con verdadera ansiedad, reconduzco a mi manera mi vida y saboreo el tiempo que, de una u otra forma, no habría disfrutado de no romper con .el monótono quehacer diario.

La primavera inunda calles y paseos y ofrece luz y color a las casetas del paseo de Recoletos en su Feria del Libro antiguo y de ocasión. Historias viejas, enseñanzas casi olvidadas, mucha cultura y una esperanza casi ciega de redención en el alma, que en otro tiempo se sintió iluminada por la gracia sobrenatural del saber.

En una búsqueda casi ciega, sin rumbo, con los pies empapados por el chaparrón inoportuno, busco el sol que tímidamente asoma entre nubes de tormenta. Comienzo un itinerario de la mano de mi intuición a la que venero porque ha triunfado en múltiples ocasiones.

C-uoAFsXUAEMxZ--e1524484501303Es la primera hora de la tarde y la gente acude cada vez en mayor número. No todos se sienten atraídos por la misma literatura, aunque existe un interés general por encontrar su propia ganga, aquello que se esconde entre un montón de libros y espera impaciente una mano diestra para rescatarlo de la codicia ajena. Y es entonces cuando sienten una satisfacción especial al haber logrado su propósito.

El mío es otro. Busco la obra que dormita en los estantes repletos de años, sensibilidad e historia, que conserva el sabor ajeno de quienes lo paladearon antes que yo, de los que atesoraron su custodia y enriquecieron su saber. Si los libros tuvieran voz, hablarían sin mesura de lo que vieron y sintieron junto a los que les acogieron entre sus manos. Ellos, los libros, algunos ajados, cargados de años, deformados por el tiempo, esperan ahora un milagro. El reconocimiento no solo de su antigüedad, sino más bien el desmerecido aplauso de quien lo escribió, quizás el sentimiento oculto del despertar de un letargo injusto después del silencio de un olvido.

Voy despacio a lo largo de las casetas, atisbo anaqueles y elijo algún curioso ejemplar. Mi elección es casi siempre la misma. Un libro antiguo no demasiado viejo, pero sin título ni autor. Que la sorpresa venga a mí sola en un único gesto. En mi deambular, caen en mis manos clásicos   como Baroja, en edición cuidada de principios de los años veinte, de esos que hay que ojear con mimo. Al consultar el precio, el librero se crece ante mí. Es un hombre joven y defiende su herencia para mayor honra y gloria de quien le precedió. Me pregunta y escondo con cierto rubor mi expresión. Reconozco su valor pero me falta coraje para aceptar lo que me pide.

 

imagesContinúo el paseo hasta el final de la Feria. Algo defrauda y con las manos vacías entro en la minúscula trastienda de la última caseta. El librero no está. Le busco con la mirada fuera, en el paseo y mi intuición se despierta. En un rincón localizo dos ejemplares de lo que sería una obra completa, a no ser por la ausencia de un tercer volumen, y que su dueño hizo constar de su puño y letra en una de las páginas finales del primer libro. Se trataba de la biografía de Cicerón, editada hacia 1820 (creo recordar). Examiné los dos libros. Las cuadernas resistieron el paso del tiempo pero los lomos de piel estaban destrozados.

De pronto, apareció nuestro hombre. De cierta edad, de pelo cano y mirada incisiva. Le pregunté su precio porque no estaban marcados. Tan sólo disponían de una referencia escrita a mano en un trozo de papel a modo de marca páginas. No contestó a mi pregunta y, en su lugar, me inquirió con sagacidad y premura.

— Dígame sinceramente ¿cuánto estaría dispuesta a pagar? le confesaré que los he marcado a un precio de seiscientos Euros.

Lancé una mirada de asombro y estupefacción. Estaba claro que había visto en mí un posible filón, pero su técnica intimatoria no funcionó. Ante mi silencio, insistió en una valoración que pudiera dar paso a un tira y afloja.

Al poco y, ante su insistencia, rompí el silencio.

— Intuyo que llevamos caminos muy diferentes. Aserté sin vacilar.

— Pero dígame, dígame. Sin titubeos. Agregó con impaciencia.

Le miré fijamente y añadí:

— No pagaría más allá de cien Euros. 

Me contuve. Estaba claro que había arrojado una bomba sobre su cabeza.

— ¿Por los dos? exclamó asustado.

Esperé su reacción.

— Me acaba de confirmar que usted y yo no tenemos más que hablar. Repuso encolerizado.

Su voz estaba quebrada, insegura. Dio un respingo y salió de la caseta visiblemente contrariado, mientras sus ojos despedían pequeñas chispas. 

Y me dejó sola junto a los estantes repletos de libros viejos como el que tenia en las manos, que lamentaba sus heridas e imploraba algo de compasión. Seguí mirando ejemplares ajena a los movimientos del vendedor, cuando de pronto sentí como una punzada penetrante su mirada sobre mi nuca.

Y entonces me habló en un tono resuelto, como si reconociese la derrota pero no la aceptara. Estaba muy enfadado y, a pesar de ello, su tono de voz no se alzó. Sus palabras rezumaban resentimiento al sentirse objeto de una ofensa.

— En realidad no puedo aceptar esa propuesta de su parte.

Me volví y le miré sorprendida. Continuaba su alegato tratando de defenderse del insulto que según él había sufrido e, ignorando mi presencia, se sentó en el pequeño taburete para adoptar una postura indolente de pensador incomprendido.

Continué mirando otros libros, cuando noté que volvía a romper el silencio de aquella librería improvisada.

— Me niego a aceptar su ofrecimiento, ¿O es que me considera un librero chirlero?

Me extrañó el calificativo que, en ningún momento usé y con el que él mismo se auto calificaba. Me acerqué despacio y pude sentir más de cerca su cólera.

— No se enfade conmigo. Añadí en un tono cortés. No ha sido mi intención ofenderle. Me gustaría quedarme con los libros pero están muy deteriorados. Considero mi precio más que razonable. Lo lamento de veras. 

Ignoró mi presencia y continuó en su postura hierática de hombre herido y fracasado. Dirigí una última mirada al lugar y me encaminé hacia el paseo. El pequeño incidente había despertado cierto interés sobre los curiosos e iban agregándose algunos más. Salí por fin de la diminuta trastienda dejando atrás una sonrisa de desconsuelo.

IMG_0255Nunca lo consideré un fracaso, al contrario. Cuando viene a mi mente esta experiencia vivida sobre lo que pudo ser pero no sucedió con un par de libros tan antiguos como viejos, y analizo las causas que lo provocaron, se afianza aún más mi convencimiento sobre la fragilidad humana. Se puede ser un astuto comerciante pero jamás se debería traspasar la delgada y absurda línea de la mediocridad.

 

María de Fraile. Mayo de 2018.-

Melancolías en un mes de Octubre

Melancolías en un mes que se aferra al verano que se fue.

 

 

No pudo ser un gozo esta celebración. Demasiados acontecimientos, no tantas dudas, algunos temores a la cercanía de un final nada querido, esperado ni reconocido.

Los años pasan desacompasados, unas veces la tristeza los alarga, otros vuelan porque la felicidad desea encontrar su lugar y no quiere llegar tarde a la cita. Los recuerdos afloran en una madurez pletórica a pesar del rostro que cada día se ve diferente, con algunos años de más, consciente de que no hay vuelta atrás.

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Atardecer en Reykjavik, Islandia

Es una celebración que hace tiempo buscó la mirada de las estrellas, la luminosidad de los atardeceres y la sonrisa amiga de los que aman. Ahora languidece entre canas y recuerdos. El ímpetu de la primera juventud se desvaneció y la alegría de la inexperiencia se tornó en sensatez al acompañar la madurez al conocimiento.

Un acontecimiento desde otra perspectiva más sentada, cabal, juiciosa, menos entusiasta, jovial, ilusionada, tal vez. ¿Habrá perdido autenticidad? ¿Ha sucumbido frente a una crisis de identidad o se ha dejado llevar por la apatía y el desánimo?.

A mayor conocimiento y experiencia, menor pasión y entusiasmo. El resultado de este axioma es la ilicitud frente a la verdad de las cosas, que nunca estarán por encima de lo que descubramos en ellas. Sin embargo, el fluir de los acontecimientos hace que renazcan en nosotros nuevas esperanzas. ¿Nos sometemos a las leyes divinas de la naturaleza o permanecemos a la espera de algo sobrenatural que nos haga puros?.

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Auditorio Harpa, Reykjavik

¿Por qué, entonces, dejarnos llevar por los avances tecnológicos y renunciar a los conocimientos y la sabiduría de nuestros antepasados?. El culto al hedonismo y la superficialidad nos impiden reflexionar sobre el fin último de nuestra existencia. Hoy, los extremos sobre el origen y el término de la vida humana carecen de interés.

Sin embargo, estas reflexiones al hilo de otras vacilaciones sobre el raciocinio o el vacío existencial, ponen de manifiesto que no todo se ha perdido.

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Fiordo de Hardanger, Noruega

Aún queda la esencia misma del alma, nuestro compromiso con la verdad absoluta, la eternidad de las cosas, si no puras, que hayan experimentado el cambio que las mejora, la esperanza de un mundo feliz, como el que nos enseñó Aldous Huxley, el que regenerará y limpiará nuestros corazones de toda mancha.

 

María de Fraile, Octubre de 2017.-