Una Luz en el Horizonte

Hoy sigo en otra mesa de cualquier café. Es el lugar favorito para dar rienda suelta a mis pensamientos y llenar de elucubraciones los huecos vacíos de mi cerebro.

En mi confusión, intento racionalizar acontecimientos, emociones, pasos en falso. es todo un alarde, en el desequilibrio inesperado pero real que hace material lo estricto y etéreo.

He perdido algo de lo que hasta ahora ignoraba y que me hace estar algo hueca, menos complementada que antes. La fuerza, el dominio del que en otro tiempo había hecho alarde, se fue escapando de entre mis dedos como la espuma de jabón.

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Esta situación de amor y duelo, de alegría y desasosiego, la he sufrido tantas veces que no llego a acostumbrarme, cuando aparece ante mí sin esperarlo. Es una aceptación y negación a la vez. Las acepto resignada pero me niego a sufrirlas de nuevo.

Y continúo sola, a la espera de que algo cambie. Demasiadas veces en soledad que ya he perdido la cuenta. Esta vez no invento historias ni trato de evadirme de una realidad tan esperada como incomprendida.

El tiempo pasa y sigo buscando una consecuencia a esta locura que me ha tocado vivir. No un por qué, sino un hasta cuándo.

La soledad es como el filo de un cuchillo. Bien afilado puede acabar con la esperanza de fe. La voluntad de continuar la lucha se puede romper de repente y, entonces, puede caer en un vacío infinito. La tristeza se hará dueña de todo cuanto amas y crecerá la amargura. Ya no habrá marcha atrás porque imperará la soledad y no se encontrará una mano amiga que te ayude a levantar.

Se acabaron los ruidos y las falsas alucinaciones. Solo el canto de los pájaros se oye a lo lejos. La naturaleza bulle. Y es que, casi hemos apurado Mayo. Siempre te gustó ese mes por encima de los demás. ¿Verdad que tiene un encanto especial? Será la luz de la mañana o el retorno de las golondrinas, o quizás el verde fulgurante de los árboles, o tal vez ese calorcito repentino de un verano omnisciente.

La tarde está en el límite del fin. Sigue siendo bella a pesar de todo.

Es necesario marcarse un plan. No demasiado estricto, pero sí eficaz.

¿Quién nos lo impide? No hay peros. La vida nos ha hecho experimentar doblemente. Es la reconfirmación de lo que no pudo ser y ahora está al alcance de la mano. Es la unión del éxtasis de lo bello con la mesura que da la experiencia. Es la madurez de media vida y el despertar de sensaciones nuevas o inconfesablemente reprimidas.

Es volver a nacer. Pero esta vez con los ojos bien abiertos y los sentimientos restañados de viejas heridas. Bajo esa mirada algo oscura de gato solitario se esconde la satisfacción que da la buena labor realizada. Alguien muy sabio dijo que el hombre ha de vivir sus propias responsabilidades y deberá aprender a compartirlo todo, excepto ese otro yo que forma parte de su destino y va más allá de los límites de la cordura o la generosidad.

Ese pequeño ser invisible habrá de permanecer oculto para que no lo devoren las alimañas o lo malicien los puritanos. Ha de crecer con uno mismo para hacerse fuerte hasta llegar a convertirse en algo puro, sublime, indestructible.

María de Fraile, Mayo de 2017.-

Te voy a contar un cuento.

¡Cuando sea grande…!

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“La estrella de Laura” de Klaus Baumgart.

Mamá, cuando sea grande,
voy a hacer una escalera,
Tan alta que llegue al cielo,
para ir a coger estrellas.
Y me llenaré los bolsillos de cometas,
Y bajaré a repartirlas
a los chicos de la escuela.
Pero a ti voy a traerte,
mamita, la luna llena,
Para que alumbres la casa
sin gastar luz eléctrica.

 

Me gusta contarte cuentos.

Echo de menos tu niñez. Ahora que ya sobrepasas mi hombro, te miro y me pierdo en tu rostro.

Aún conservas rasgos infantiles pero es inevitable. Y siento envidia de tu juventud.

IMG_0311Me apasionaba observarte de soslayo, cuando tú ni siquiera sentías el pudor de una mirada indiscreta. estabas creciendo y dentro de mí aún permaneces sin pelo, el pañal empapado y la mirada tranquila de quien se siente protegido y amado.

Empezaste la escuela y ya no pude disfrutar más de tu compañía. En silencio, como cuando eras un enano y te sentaba en aquel cestillo portátil. Desde el suelo, a pocos metros de mí, manoteabas nerviosamente y me sonreías mientras fregaba los platos y levaba tu ropita.

 

 

IMG_0405Tú solo emitías ruidos. Yo, te contaba mil historias. Aquello terminaba en una algarabía general donde se unían a nuestras voces el timbre de la puerta y las canciones escolares que tu hermana había aprendido ese día en el colegio. Se rompía ese silencio encantado pero tu mirada me seguía a todas partes ávido de encontrar respuesta a cuanto sucedía a tu alrededor.

Y por las noches, junto a tu cuna, entonaba viejas canciones con voz muy queda para que entrases despacio y sin sobresaltos en el mundo de los sueños.

Cuentos fantásticos de dragones y príncipes desterrados, princesas tristes y bosques milenarios que transformaban las leyendas en realidades cercanas, donde las hadas existían en un mundo irreal pero mágico y misterioso.

Ahora, leerás tú a tus niñas esos sueños de amor y aventuras y les enseñarás a patinar y a construir historias maravillosas como yo te enseñé a sonreír y a compartir esos momentos inigualables de intimidad.

IMG_0500En un mundo difícil, de ilusiones vanas, la alegría hará que se desvanezca la desventura para que las generaciones futuras crean en la ternura, la felicidad y la generosidad, a pesar de todo.

María de Fraile, 15 de Mayo de 2017.-

Reflexiones al Hilo de la Vida

Tal vez os preguntéis qué sucedió en mi vida.
Ya no lo recuerdo.
Pero una luz maravillosa iluminó el monte de espinos,
Y comenzaron a brotar hojas y tallos,
Que se convirtieron en fragantes flores.
Y ramas, que luego serían frondosos árboles.
Y entonces, contemplé el mar.
Tan azul e inmenso.
Y mis ojos reflejaron su verdor.
Y se hicieron más profundos y conocedores.
Como la luna de agosto, un poco más vieja, un poco más sabia.

 

Extrañamente, casi como un regalo, la vida me trae nuevos retos, otras responsabilidades, difíciles pruebas que superar. Y yo veo cómo pasan las horas y los días a mi alrededor, deudores de algo que les es difícil de arrebatar, y son esos momentos los que tratan de mostrarme con un sigilo contumaz, a veces hasta siniestro, el significado de sus mudas señales. Llevan carteles, máscaras pintadas con mensajes y se mueven en un círculo, al son de una música muda. Al bailar, siento cómo agitan el aire con sus ropajes. Se vuelven a mirarme pero no logro distinguir la expresión de sus rostros.

IMG_0975Están ahí cuando el reloj da las horas. Mi mente se extravía y quiere huir a lugares más placenteros pero en estos tiempos turbulentos de mi existencia, el recuerdo de la muerte echa a empujones los buenos momentos, las tiernas experiencias, para apoderarse de ella y llenarla de turbación. Y solo siento tristeza por el adiós, rabia de no haber hecho todo aquello que quedó sin terminar, o tal vez grandes proyectos sin iniciar. A pesar de ello, no siento tanto miedo como hubiera imaginado. Y mis ojos se llenan de lágrimas para lavar mis errores que pervivirán a pesar de todo. Recuerdo a mi madre, tan sabia a veces, tan obstinada otras pero siempre amorosa y fiel.

La vida se nos antoja más corta a partir de una edad. Hasta entonces, no habíamos tomado buena cuenta de los días cortos y jubilosos, o tristes, largos e inalcanzables. Ahora que la mirada languidece a través de mis gafas, reflexiono largamente sobre el misterio de mi destino.

Un día muere y otro nace, pero al comienzo de una primavera hostil y fría, todo mi cuerpo se estremece en una reflexión nada esperanzadora. No hay vuelta atrás. El corazón vibra y se conmueve. El tiempo se acorta como una vela, en silencio, no deja lugar a otras alternativas. Hay que comerse los minutos, las horas y saborear en cada pedazo su misma esencia.

Descubres la brevedad de una existencia. A solas con tu vida, se empequeñece el universo, estás fuera o dentro de él, no basta con una conciencia real de tu propia naturaleza. Es la misma vida la que te da opciones. Has de elegir cuál, tal vez.

IMG_1009Es cuando se hace necesario un punto de reflexión sobre nuestro destino final. Nos hará más libres, menos apegados a las cosas, más generosos, menos intransigentes, más temerosos de nuestra suerte, más cabales, responsables, humanos en definitiva. Aunque su fatal realidad nos acose con frecuencia y sintamos cómo nos embarga la tristeza, es una verdad incuestionable e ineludible de la que nadie podrá escapar.

María de Fraile, 1 de Mayo de 2017.-

Tarde de Soledad

Historia de un hijo fiel o el desarraigo.

De cómo la felicidad del ser humano puede pender del delgado y fino hilo de la suerte.
Aproveché una tarde ventosa de marzo en la que fui abandonada por unas horas, al amparo de mis ideas. Encontré cierta tranquilidad en una mesita alejada de mirones y corrientes de aire en una cafetería de las afueras. Lo que en otro tiempo fue campo y ahora se convirtió en suburbio urbano, mostraba su cara menos amable frente a la avalancha de zonas comerciales que asediaban con invadir definitivamente campos frondosos de vegetación, lomas y pequeños valles sombreados de frondosos árboles serpenteados por arroyos cristalinos.

En esa soledad complacida, me sentía dispuesta a aprovechar los momentos de asueto de que disponía. No siempre resulta fácil compaginar imaginación con apresuramiento, pero hice la promesa de cumplirlo.

Ordenaba mis trastos de informática y conexiones de wifi junto al cuaderno de notas, cuando la camarera de turno colocó sobre mi mesa un humeante café, al tiempo que entraron en escena dos personajes a cual de ellos más peculiar. Ocuparon una mesa no muy cercana a la mía pero sí lo suficiente como para distraer mi atención. Saltaba a la vista que se trataba de una madre anciana a la que acompañaba su hijo. Apostaría sin perder que era soltero, sin sustento a que aferrarse y muy ligado a sus faldas, no tanto por desmedida pasión filial, como por desdichada subsistencia material.

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En un Café (El Ajenjo) Edgar Degas.

La dama vestía de manera estrafalaria, aunque intentaba mostrar un cuidado especial. Era alta, muy delgada y de andares torpes e indecisos. Llevaba un pantalón de pijama de un color indefinido y que ella exhibía al pasear junto a las vitrinas que mostraban toda clase de suculentos y apetecibles manjares, a pesar de sus vanos intentos por ocultarlo bajo una falda larga hasta los tobillos, con volantes que el tiempo y la desidia transformó en deslucida apariencia. Su cuerpo se cubría con una blusa de encaje y un sombrerito ridículo y melancólico trataba de cubrir a duras penas sus cabellos enmarañados y poco limpios. El supuesto hijo la esperaba paciente, sentado mientras ella se debatía entre aperitivos calientes y fríos, zumos, copas de vino o jarras de cerveza. Una vez satisfecho su apetito y saciado su sed, volvía a pasear por el local para elegir un nuevo menú.

Comía y bebía a la par que hablaba de asuntos muy desdeñables a los oídos de su compañero, que permanecía silencioso, inmóvil, aislado del mundo y de todo, ausente de cuanto sucedía a su alrededor.

De vez cuando permitía que su mirada tropezase con la de ella, pero no se inmutaba. La misma escena se repitió una vez más y fue entonces cuando el hombre, de mediana edad, de aspecto triste, mirada esquiva, barba de varios días e indumentaria desaliñada, sacó un papel sobado y comenzó a anotar en él una lista de compra para el supermercado.

Aquellos ojos sin huella se perdían en el infinito cuando la anciana le comentaba lo que podían ser banalidades frívolas. Estaban juntos y nada les unía.

Por un momento, el hombre se encontró a sí mismo y pudo percibir con qué desprecio le trataba la vida, qué clase de destino incierto le aguardaba y se preguntó con qué armas le podría hacer frente.

Pero su gesto se apagó al comprender que esa forma de vida no tenía sentido para él y contempló cómo la luz del atardecer se apagaba en el horizonte, llevándose consigo la poca felicidad que le quedaba.

Triste alegría la de un hombre que siempre estuvo solo, a pesar de la carga que soportó a cambio de compañía, engañosa seguridad y un falso y mal aceptado bienestar.

María de Fraile, Abril 2017.-

La Lluvia de Abril

Fue durante una Semana Santa, a través de la radio, en una casita de monte que aún no tenía luz eléctrica, agua ni chimenea donde calentarse.

Desde el ventanuco del desván, se divisaba el gran valle y, entre la arboleda, los tejados rojos y negros de las viviendas vecinas brillaban por la lluvia menuda que resbalaba sobre ellos.

IMG_1325Mientras la radio cantaba y me arrullaba con voz gangosa de viejo transistor, la tarde transcurría al igual que la lluvia y ensombrecía despacio la silueta de las cumbres. Entonces, un velo fino de niebla envolvía los arbustos. ¡Dulces recuerdos!

Bajé las escaleras de aquel caserón y salí a sentarse en la balaustrada de piedra de la entrada. Olía a tierra mojada y aún no se había ido del todo la luz. Me dejé llevar a través de un camino sinuoso de piedra, hasta el montículo de un almacén de madera, ahora abandonado y solitario. El silencio acompañaba a la oscuridad, que poco a poco me cerraba el paso para que no continuara. Hube de volver de nuevo a la casa pues la luz era cada vez más tenue y empezaba a sentirme sola e inquieta en aquel paraje misterioso.

IMG_0013Ya de vuelta, busqué con la mirada los corros de rosales y arbustos que florecieron en aquellos años de juventud. Recordaba con nostalgia cómo su aroma me embriagaba desde la mesita de noche al acostarme. Desaparecieron o se agostaron durante algún cálido verano. Me desvié al buscar aquella vaquería que frecuentaba para conseguir la buena leche del campo a la que tan poco acostumbrada estaba en mi vertiginosa ciudad y cada fin de semana conseguía rica nata para preparar bizcochos y pastelillos de Cuaresma. Ya no estaba allí. El lugar había sido transformado en una finca con caballos para recreo de niños y grandes. Vallas para el salto, circuitos de arena fina para la práctica, aprendizaje y entrenamiento. Todo un negocio para satisfacer a los que, como yo, luchaban por conseguir algún aliciente lejos del agobio de la capital

Todo se había transformado. Ya no llenaría mi cestillo de moras al finalizar el verano, Las zarzas perdieron sus frutos, se quedaron ralas y enfermizas. Se construyeron más casas y poco a poco el valle se inundó de gentes que ansiaban descanso pero que a duras penas lo conseguían por el trajín que ello suponía para sus vidas.

Y el pueblo serrano, tranquilo y austero se llenó de tiendas, ferias, semanas gastronómicas y restaurantes de asador.

La vida que añorábamos, la transformamos sin apenas darnos cuenta en una complicada experiencia, y nos dimos cuenta que ese cambio no nos satisfacía. Sentimos frustración, pero hasta ahora no hemos encontrado una fórmula más apropiada, porque, y eso es lo fundamental, no somos conscientes de que la solución no está en huir de los convencionalismos que nos hemos creado, sino de valorar y recuperar los logros que habíamos perdido porque los considerábamos atrasados.

IMG_1640Dejé la gran urbe y me quedé en el valle a pesar de todo. Hay algo que no he perdido. El renacer de cada estación. Llega Abril y el autillo ulula en mi ventana como cada primavera. Al caer la noche busca a su presa y canta anunciando los días cálidos y las noches exuberantes de naturaleza. Espero impaciente su llegada.

María de Fraile, 1 de Abril de 2017.-

La Dulce Espera

¿Esperar, a qué?

A una nueva luz, al fin del infortunio.

A la llegada de una nueva esperanza. En definitiva, a otra vida mejor. Lo más grave fue la ruptura con lo antiguo, la pérdida de la guía, el bastón que podría conducir a no importa el lugar sin romper la estructura de los comienzos, de lo ya establecido.

Para Nora, no bastaba con decir adiós a vicios y costumbres. El plan se basada esencialmente en aguantar lo más estoicamente posible los envites de la mala fortuna. Y no le hizo guiños un falto de vista en un ojo, pero la maldijo a escondidas el hado de la suerte.

habrá que responder con decisiones heroicas y atreverse a usar una baza de suerte frente a la cobardía. Romper con la monotonía para partir de cero y caminar hacia lo desconocido con firmeza, sin miedo, a pesar de padecer noches de sudor pegajoso, insomnio cruel, aferrada a un no saber qué hacer y un hasta cuándo durará este calvario.

Y Nora se debatía en la inquietud con la mente hueca, el alma colgada de un saliente en el abismo pero con una voluntad asida con fuerza al raciocinio.

IMG_0588Aquella desdichada e inexorable enfermedad hará renacer en ella nuevos sentimientos.

Mañana ya nunca será la misma. Habrá otra que responderá de su existencia y cada día será distinto, con un nacer y morir más auténtico. Y su cuerpo se liberará de las espinas que lo fustigaron en silencio. Y las heridas que dejaron en él cicatrizarán con la lluvia de un nuevo otoño. Y al llegar la noche de cada día, contemplará las estrellas y suspirará por un futuro más feliz.

Vuelve otra primavera y Nora anhela la lluvia que hace más tibio el aire. Pero siente miedo. A los días grises, a la incertidumbre, al paso del tiempo, a la soledad no deseada.

Y Nora se asusta de ella misma cuando, frente al espejo, observa esa cara de conejo asustado, como acorralado por el sanguinario cazador.

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El tiempo de lucha ha pasado, ahora queda la vigilancia sorda en un devenir de largos inviernos y primaveras luminosas, siempre a la espera de algo bueno, saludable, de una felicidad venturosa con otro destino, con una nueva ilusión.

El Bastón de mi Escritura

Cayó en mis manos como una disciplina de estudio. Luego, se convirtió en algo indispensable, tan habitual como el reloj de pulsera o un tic nervioso. Pudo ser un desafío, un buen aliado de mi propia vida.

La descubrí durante mis primeros años de bachillerato. Ahora en desuso, la pluma estilográfica llenaba mis dedos de tinta y emborronaba los cuadernos desluciendo las ideas y los trabajos. Hasta que un día comenzó a deslizarse sobre el papel con ligereza. Redondeaba bien los rasgos, enderezó la línea del trazo y mi pulso se tornó firme y decidido. Hizo que las ges ya no fueran tan ganchudas y feas y las zetas recobraran ese aire juvenil. Fue entonces cuando mi escritura se llenó de gracia y aplomo. A veces, se detenía con brusquedad y paralizaba mi mano como si hubiera perdido el aliento, pero al momento recuperaba el tono casi sin pensarlo.

IMG_0209Fue ella la que hizo dibujar los sortilegios de mis ideas, unas veces más caprichosos, otras menos afortunados. ¿Qué no haría por conseguir el impulso grandioso que otorga a algunos ese halo de inspiración? Cuán grande y hermoso es imaginar y soñar con la sencillez del conocimiento para saber expresarlo en su misma esencia y contenido.

Mis puntos de apoyo se transformaron en un ente mágico, las ideas brotaron como ramas de árbol joven en una primavera exuberante, pero no siempre estaba presente el puntal del ánimo encendido para sustentarlas. Ese bicho venenoso que vive en mi sangre estaba latente, silencioso, aún consciente de sentirse responsable de mis sufrimientos como de tantas frustradas iniciativas. Ese instinto que me impulsaba a derrochar caudales de tinta, ahora no derramada, y que encallecía mis dedos línea a línea.

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Y mi pluma se rió de mis miserias, de relatar cuentos sin sentido, de estrujar historias y manosear pensamientos. Se rió cuando se agotó su cargador dejándome a merced de bolígrafos insulsos que escupían tinta y manchaban mis ideas y sentimientos.

Me gusta mi pluma a pesar de todo. La adoro como quien posee un tesoro y cada noche en soledad, al abrigo de falsas miradas lo saca de su escondrijo para admirarlo una y otra vez.

Como cada día, asistí a clase en la Facultad, no importa cuál, llena de voces juveniles que esperaban la llegada del profesor. A través de la puerta entreabierta se elevaba el murmullo. Hecha un manojo de nervios, jugueteaba con una pluma casi recién estrenada, cargada de tinta azul, dispuesta a volcar sobre el papel esbozos, conceptos e ideas. Hasta que, en su afán de cumplir con fidelidad su objetivo, como el caballo de carreras que es fustigado hasta casi reventarlo, sucumbió. Se resistió, agotó la última gota de su misma esencia y no pudo terminar la carrera. Le concedí el perdón por su valentía para continuar escribiendo el próximo examen de mi vida.

La que fue homenajeada, venerada y respetada por los grandes de la literatura universal y que llegó a ser un símbolo de todas sus creaciones, la que durante largos años estuvo en manos de escolares desaprensivos e inexpertos pero que supieron reconocerla y valorarla tiempo después, ahora ocupa un hueco en algún cajón de escritorio en los despachos de hombres de negocios. Todo un lujo al alcance de cualquiera y que casi nadie reconoce.IMG_0104

En la soledad de un Café…

En escena, una mesita velador incómoda de un café de la ciudad, da cobijo a una taza de té como única compañía. Es allí donde comienzan a fraguarse ensueños y veleidades. Desde mi silla, apoyada débilmente sobre la pared, observo con timidez. Dos viejos pulidos, de buen ver, limpios y aseados, al amor de un chocolate caliente, charlan sobre el uso y desmesura de hormonas y medicinas y se disputan las respuestas a las preguntas que uno a otro se hacen sobre cuál de los dos responde mejor. Gesticulan, se asombran, levantan a veces la voz y recuerdan lugares, momentos o acontecimientos pasados al albur de otras esperanzas. Al cabo, salen y se prometen nueva cita. La tarde languidece con su color de plomo las calles. Caen las primeras gotas y todo el café se sume en la penumbra. El silencio se rompe cuando el camarero retira los servicios y encarama las sillas sobre los tableros de las mesas. Algo queda en el ambiente. Una nebulosa de voces como un eco machacón de dos viejos que relatan historias de aconteceres y sucesos.

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Después de una despedida con gestos y abrazos, salen y se preparan para un reencuentro. Y yo me veo de repente, entre los dos al imaginar una escena desgranando lo que podrían haberme contado de abordarles con resolución y firmeza. Y les vi alejarse como si dejara escapar mi oportunidad de oro.

Mientras mi ego va desmoronándose con recriminaciones y consideraciones varias sobre lo que hubiera o no podido hacer mal en torno a los dos viejecitos y, sopesando el caudal de información que habría procurado de no haber actuado con mayor astucia y decisión, me detengo en seco para establecer un nuevo enfoque de la historia que ahora comienza.

Después de que los viejos se retiraron, vuelvo a mi silla apartada, pero esta vez de un salto y en un suspiro, con el espíritu y la mente puestos en aquel lugar. Imagino entonces, otro ambiente, en otro tiempo, cuando las mujeres apenas frecuentaban los cafés. En aquel mundo de hombres donde habría soñado esconderme por unos instantes y contemplar desde el bolsillo de cualquier transeúnte, el espectáculo alucinante de una vida anterior, en otra época pero en los mismos lugares.

img_1932Las ideas pueden desvanecerse por la confusión y, a través del humo de un café como en un juego, aparecer para, más tarde, mostrarse de nuevo dando sentido a lo irreal. Las palabras surgen, justifican su osadía, impregnan el corazón humano de sensibilidad para hacer brotar los instintos hasta límites insospechados. Pueden llegar a castigar con dura fusta y hacer que nazca el llanto o la alegría.

Entonces, la emoción que produce un relato se hace indescriptible. Ardua tarea la de crear una historia y presentar un personaje digno de una novela.

Poco tiempo después, una mesa vuelve a ocuparse. Y sobre ella, hojas de papel, ambigüedades humanas, trágicas historias, sucesos y una luz indiscreta que deja al descubierto toda una trama profunda y llena de emoción.

 

Prólogo de El Viejo Taller. Historia de una Renuncia. Por María de Fraile. Edit. Liber Factory

 

Reflexiones sobre un Aniversario

Me quedé a solas con la melancolía. No tanto como yo hubiera querido, pero ahí está esa experiencia que es testigo de los acontecimientos. Delataron un tiempo que se fue, momentos incuestionables de tardes inundadas de luz y noches plagadas de insatisfacciones.

Cuando el sueño hace presa de la voluntad, perturba la mente y aparecen falsas luces en la oscuridad. Surge la intranquilidad y, en un intento fallido de ahogarla con recuerdos afables, el alma se inquieta.

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Todo está apaciguado, en reposo, como falseando un ahora intenso y desmesurado. Me estremezco, vibro como la cuerda de un violín que se siente sacudida por el arco. A lo lejos resuena una hora tardía, seca, áspera. El momento se acerca. Pronto el viejo reloj cantará doce veces y entonces me haré la misma pregunta de siempre ¿Cuánto hace que llegué a este mundo? Y lo hice con un llanto pausado, como esa lluvia fina de primavera.

Las noches no son propicias a sueños vanos cuando el aire está lleno de sensaciones y nostalgias. Por un momento vuelvo al mundo de mi infancia, donde ese pequeño caos de inconsciencia e ignorancia se ajustaba con arraigo a las faldas de mi madre. Vivía rodeada de cariño pero cojeaba sin saberlo. Disciplina, austeridad, falsos convencionalismos y cantidades ingentes de ternura.

¿Algo que faltara en mi juventud? un poco de tranquilidad y cordura, una pizca de acierto y habilidad, un puñado de madurez, unas gotas de dureza y grandes dosis de sinceridad. La generosidad, imaginación y sensatez sobraron a manos llenas.

Luego llegan mis primeros estudios, mi afición por la literatura, aquellos ensayos faltos de experiencia pero rebosantes de imaginación e ingenio. Transcurren los aniversarios y cada año veo florecer con más intensidad los árboles de mi jardín. Observo a través de los pliegues de las cortinas dónde se dibujan sensaciones luminosas y esperanzas nuevas.

 

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El reloj concluye las campanadas. Llegado ese punto, algo se rompe en mí. Es como morir dulcemente para nacer de nuevo con más fuerza. Siento como si ese empuje hiciera construir un mundo y fuera el eje fundamental de mi existencia. El hilo conductor no ha de romperse nunca cuando se ha producido el mágico disparo de la imaginación. Debe seguir su trayectoria indefectible, hacia el mismo límite del horizonte donde la vida continúa.

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