Heinrich Harrer. Siete Años en el Tibet

Historia de un montañero austríaco que quiso tocar el cielo con la punta de los dedos.

Breve semblanza de un personaje que pudo llegar a ser místico.

 

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Portada de una edición juvenil de la obra

Casi todos hemos disfrutado de su relato, aunque algunos lo hayan desprestigiado poniendo en tela de juicio los valores del autor. “Siete Años en el Tibet” no es una historia cualquiera. Arranca de nuestro interior deseos de emular a su protagonista. Nos sentimos identificados con la pureza de sus sentimientos. Anhelamos esa redención que, en vano busca el escalador en un momento de la historia tan determinante como convulso y, no sólo quedamos hechizados por su temática, sino que nos ayuda a resolver algunos enigmas que pudieron surgir a lo largo de nuestra vida. Cuántas veces me cuestioné el significado de la atracción que experimenta el individuo al sacrificar casi inútilmente su vida en pos de un logro tan efímero y fútil como es alcanzar una cima, la más alta jamás explorada y pisada por criatura humana. La conquista de un lugar abrupto al que aún nadie llegó, a través de un camino inexpugnable, lleno de dificultades y sufrimientos para, finalmente, ser víctima de un fracaso, nunca pudo significar para mí una justificación conciliadora. No encontré hasta ahora un motivo por el que tal acción fuese aceptada. Consideraba que las mentes de aquellos que lo intentaron carecían de  sentido común, tal vez raciocinio, movidos por un interés de competición.

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Heinrich Harrer

La historia esta basada en la autobiografía del autor Heinrich Harrer, que trata de atraer al lector y provoca en él sentimientos elevándolos hacia un misticismo casi ecléctico, al considerar que su espíritu se sublima a medida que va ascendiendo hacia la cumbre, hasta conseguir la recreación de su alma en contacto con una nada que esconde misterios sobrenaturales.

La controversia se suscita cuando estos valores puestos de manifiesto por el autor se vienen abajo ante un compromiso moral que oculta veladamente. La colaboración activa de Heinrich Harrer con el tercer Reich y su relación directa con el nacional socialismo de Adolf Hitler, produjo recelos y suspicacias cuando su libro salió a la luz en el año 1952. Siete años antes, la II Guerra Mundial acababa y ese fue el período en el cual se gestó la novela, fruto de sus experiencias en el Tibet y el conocimiento que contrajo con el Dalai Lama, su más fiel amigo y aprendiz. El otro lado de la historia, el que nos hace bajar de las estrellas para contemplar con cierto análisis crítico la realidad de las cosas, apunta hacia valoraciones más precisas en cuanto a la apreciación del sentimiento estético de un geólogo, escalador, escritor y humanista que busca significar en su novela un ideal de vida, la defensa de la libertad del individuo a pesar de las manipulaciones de gobiernos e ideologías.  Y continúa abogando por el respeto ante las creencias de los antepasados que asume que debe ser el fundamento necesario para la reconciliación y la concordia de los pueblos, que nunca deberán estar sometidos a un invasor. La religión será pues un baluarte que servirá de instrumento al individuo como base moral en su ideario. Todo un doctrinario turbio y enmarañado capaz de desvirtuar los fundamentos éticos más puros. 

Heinrich Harrer y Hitler

Heinrich Harrer ( Segundo de la izquierda)

 

Bien es cierto que la fuerza de esta aventura no debe valorarse por la tendencia política del que la protagoniza, aunque lo que produce en nuestras conciencias al conocer los acontecimientos que rodearon al escritor, es un cúmulo de desconfianza, desasosiego y malestar en contradicción con los sentimientos que le indujeron a permanecer en el Tibet durante todo ese tiempo. Su relato está lleno de incongruencias y no valora en absoluto si la guerra ha concluido o no. El extranjero que ha vivido siete años compartiendo con los monjes sueños y realidades, se rebela con los que se niegan a luchar contra la China nacionalista de Mao y prefieren la rendición. Finalmente, decide volver a su país. Lleva en su mochila junto con una caja de música, cantos de alabanza, olor a incienso y promesas de redención. 

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Y es entonces cuando el relato de Heinrich Harrer se vuelve confuso, más tarde incomprensible,  posiblemente tendencioso, pero sobre todo muy difícil de aceptar. Hubiera podido ser una magnífica novela a no ser por esos tintes oscuros y mediocres de mendacidad.

María de Fraile.- Agosto 2019.-

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Heinrich Harrer con el Dalai Lama

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La extraña naturaleza de la Novela histórica

La novela histórica ha incrementado su auge después de que se consolidara en el siglo XIX con el escritor inglés sir Walter Scott. Han sido necesarios casi dos siglos para que la creatividad de algunos escritores actuales bastara para complacer a un gran número de seguidores que, no contentos con los éxitos logrados en películas de ese género, demanden historias poco verosímiles en una incongruente puesta en escena que domina una temática irreal e ilógica, donde sitúan el argumentario en épocas lejanas y amalgaman civilizaciones avanzadas con costumbres ancestrales. No importa por qué mano fuera asesinado Julio César si otro acontecimiento descabellado le sustituye para producir un apasionado interés, todo ello aderezado con una ambientación de imágenes y efectos musicales sorprendente y grandiosa.

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Estatua de la diosa Afrodita. Nápoles

 

La novela histórica entra en nuestras vidas empujada por la mano oscura de la fantasía. Ese desorden de ideas que provoca en la mente cuando no se desea conocer la realidad de la Historia, con mayúsculas, en toda su dimensión y grandeza. Puede ser una banalidad no considerar el número de carabelas que atravesaron el océano Atlantico a la conquista de América. Es lo que menos importa si surgen otros protagonistas que hagan cambiar el rumbo de la flota, sea grande o pequeña para crear nuevas aventuras que adornen y “enriquezcan” la trama. Si a eso se suma la intriga de un asunto inesperado, no necesariamente cierto y contrastado con la objetividad de los datos de un historiador, como la conspiración abyecta de alguno de los conquistadores o el descubrimiento de una pasión sucia y oscura, mezclada con unas gotas de siniestra maldad deshumanizada y cruel, ya tenemos la mezcla perfecta para producir éxito y dinero a manos llenas.

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Estatua de mujer en mármol.Parece custodiar los sepulcros situados a lo largo de la calle.

 

La moraleja de esta historia, con minúsculas, es el desencanto de una realidad a cambio de otra menos verosímil aunque más atractiva, deslumbrante y capaz de llevarnos por los caminos tortuosos, eso sí, de una cautivadora y engañosa ficción salvaje que podría rozar el límite del abismo de la confusión. Esta absurda ilusión es la consecuencia de la búsqueda incansable de una quimera existencial donde se mezclan verdad y mendacidad, no importa lo retorcido que pueda estar el relato por quienes refutaron a conciencia los hechos establecidos y contrastados en documentos oficiales.

¿Por qué entonces, no importa bajo qué consignas o propósitos aceptamos un relato falsario y utilizamos sólo como apoyo el verdadero? ¿Será que desconfiamos de cuántos narran la Historia, con mayúsculas, porque no la vivieron de primera mano y desdeñamos su autenticidad, o tal vez, nos atrae más la ficción por esperpéntica y poco fiable?.

La conclusión a este dilema viene a decirnos que no valoramos la verdad porque no creemos en ella ya que consideramos que no existe desde nuestra raquítica visión del mundo, una base sólida que la sustente. A fin de cuentas, lo que prevalece y otorga carta de naturaleza, aunque sea en clave “minúscula” es el fundamento para lo que fue creada: un estímulo que atrape al lector por su inventiva, originalidad o quizás por la potencia de su discurso creativo. La Historia con mayúsculas, tenga o no rango oficial, es un hecho subsidiario.

María de Fraile.- Junio de 2019

 

 

 

 

 

 

A Propósito de Fiódor Dostoievski

(11 nov. 1821 – 9 feb. 1881)

Reflexiones y notas personales al hilo de algunos comentarios del escritor francés André Gide en su libro sobre el novelista ruso.

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Fiódor Dostoievski

Un rostro carnoso redondeado; una nariz ligeramente respingona; cabellos cortos castaño claro. Una frente ancha y, debajo de unas cejas despobladas, unos ojos grises, pequeños y muy hundidos. Mejillas pálidas sembradas de pecas. Una tez enfermiza, casi terrosa y unos labios gruesos”.

Descripción de Dostoievski a la edad de veinte años (1841), por su amigo Riesenkampf.

Dostoievski observa la vida a través de sí mismo, lo que le diferencia de los demás escritores de su época. Mira por encima de la ventana de un mundo sin horizonte y descubre la soledad. Está preocupado por el bienestar de aquellos a los que quiere y no le importa lo que pueda sentir de sí mismo. Ha descubierto que no todo el mundo es de mala condición y le reconforta saber que todavía quedan almas caritativas que se preocupen por él.

Según el escritor francés André Gide, “toda la literatura occidental, en especial la novela, salvo raras excepciones, sólo se ocupa de las relaciones entre los hombres, pasionales o intelectuales, familiares, de la sociedad, pero nunca o casi nunca de las relaciones del individuo consigo mismo o con Dios; que en el individuo ruso, priman sobre todas las cosas”. En síntesis, Dostoievski crea cada uno de sus personajes en función de sí mismo.

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Mar de Finlandia, cerca de San Petersburgo

En 1849 es encarcelado junto a un grupo de sospechosos y como causa, la llamada conspiración de Petrashevski. Que, ¿cómo se vio involucrado? Curiosidad intelectual tal vez. Se libra de una muerte cierta por puro azar. Iba a ser fusilado y un indulto inesperado hizo cambiar el rumbo de su futuro. La pena de muerte fue conmutada por prisión y trabajos forzados, condena que duró casi cinco años. 

 Es enviado a Siberia donde sufre en silencio calamidades y vejaciones. Añora a su hermano. Por eso, le escribe con tanta frecuencia y le suplica que no le olvide. Pero no desfallece. Reflexiona sobre la vida y crea personajes para esas novelas que no sabe si algún día verán la luz, mientras que las personas de su entorno, le sugieren nuevas historias.

Durante todo ese tiempo de incomunicación, ya no puede escribir, ni leer apenas. Aprende a convivir con un mundo distinto al que está acostumbrado. Oculta la cara fea de esa historia sórdida que le envuelve y suspira por una libertad que no está seguro de poder alcanzar.

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Malecón de la Universidad. La Kunstkammer sobre el río Neva. 1718-1734 (San Petersburgo)

“Estoy solo como una piedra arrojada” escribe al poco de su liberación. La muerte de su mujer de tuberculosis y más tarde la de su hermano, le envuelven en un aislamiento dramático casi imposible de soportar.  A pesar de ello, esta situación de desamparo le hace sentirse como el ave Fénix entre las cenizas. 

El análisis estético de sus novelas refleja un comportamiento tácito con los individuos que forman parte de ese mundo. Las carencias, los compromisos sociales, la dignidad del hombre, su honra, el orgullo personal, caracterizan y dan forma a los personajes que creará más adelante en sus novelas.

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San Petersburgo. Catedral de la Resurrección de Cristo 1883-1907

 

Gusta de estudiar y analizar a las gentes de la calle que pasan junto a él. Trata de investigar a través de la indumentaria y los gestos qué clase de profesión u oficio desarrollan. Cómo viven, qué sentimientos o inclinaciones les obligan a llevar una vida como la que les ha tocado en suerte. Escudriña a través de sus rostros para saber qué es lo que les preocupa en ese momento. Persigue en cada historia algo que le es esencial y pone en cuestión la existencia de Dios. Y ello está latente a lo largo de su vida de una forma consciente y también irreal. Esa idea pende de su subconsciente hasta que toma carta de naturaleza cuando se enfrenta a un relato donde está implícito el asesinato. Trata de llamar la atención del lector cuando considera tendenciosas las historias a las que su entramado se ve alterado por asuntos de envergadura como lo es un homicidio. 

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Plaza del Heno (Senaia Plóschad)

La Plaza del Heno ejerció gran influencia y fascinación sobre el personaje Raskolnikov, en su novela “Crimen y Castigo”. Allí se generaba un gran mercado en el que se vendía cualquier cosa, pero sobre todo, heno. El lugar con peor reputación de toda la ciudad.

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Avenida Nevsky. San Petersburgo, a principios del siglo XX

En Dostoievski, la valoración del respeto y la honra están por encima de la humillación y el perdón reconocido. No importa las veces que un individuo rebaje su cabeza para implorar y reconozca su pecado. Para él, es preciso que se ponga de manifiesto la hombría del humillado, no tanto por sus acciones abyectas, sino por el mero hecho de reconocerse en ellas.

En su novela “Los hermanos Karamázov” el hijo al que culpan de parricidio, enaltece y reafirma su condición de inocente, aunque reconoce que es un vividor, vago y lleno de vicios. Es patente cómo la vida licenciosa y el juego cubren al protagonista con un halo de santidad, haciéndole elevar su cabeza por encima de quienes le acusan con vileza de un crimen que no cometió. Esa es su grandeza, reconocer en sus personajes la fuerza de un corazón noble.

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Fiódor Dostoievski

Dostoievski recrea sus historias con conmiseración y ternura  hacia  sus criaturas, aún a pesar de reconocerles vicios y miserias. A veces, son un fiel reflejo de un alma atormentada que bien podría ser la suya, como en “El Jugador” donde pone a prueba una fiera resistencia ante la obstinada inclinación al juego de su protagonista; caer una y mil veces para levantarse y volver de nuevo a ser derrotado. En la lucha, entablan diálogo dos factores importantes: la inteligencia y la voluntad. Nada se resiste ante una mente clara, si no es a través de la cordura donde se logra una sólida voluntad. Sus historias no están llenas de héroes épicos, son seres mortales, débiles y llenos de defectos, pero que, en ciertos momentos, cuando aceptan sus culpas, un aura divina los protege, los envuelve de santidad  y los eleva al cielo.

 

María de Fraile.- Marzo 2019.-

¡Bienvenida Filosofía!

la enseñanza de la Filosofía volverá de nuevo a las aulas. La disciplina que revolucionó las mentes y reveló conceptos sobre nuestra existencia, la naturaleza de las cosas, que ha servido para enaltecer nuestro pensamiento otorgándole nuevas posibilidades de enriquecimiento, enmudeció para las generaciones que creían indispensable la investigación y el uso exclusivo del cultivo de la ciencia y la tecnología. Entonces, su enseñanza se quedó coja y muy pocos lo advirtieron. ¿Se perdió la reflexión y el análisis para entender mejor quiénes somos, adónde nos dirigimos o cual será el límite de nuestra existencia, para qué hemos sido concebidos, o cómo conciliaremos nuestros esfuerzos para conseguir no ser dominados por una ideología que debilite al ser humano y lo degrade?.

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Monumento a David Hume. Edimburgo. Escocia

Tal vez hayamos abandonado el hábito de pensar. La reflexión es necesaria cuando diferentes criterios se ponen de manifiesto y la razón no prevalece en todos ellos. Surge la controversia, y la irracionalidad genera confusión y caos. Los valores del hombre deben prevalecer a pesar de las argucias que unos pocos consideren necesarias para destruir la conciencia humana. Estamos asistiendo a su empobrecimiento casi sin darnos cuenta. Es una lucha sorda, muda pero sin cuartel de esquilmar de libertad a la razón pura

Aristóteles recogió el pensamiento de Sócrates y lo transmitió a la posteridad. Ejerció especial influencia en la corriente filosófica Escolástica de Santo Tomás de Aquino.

José Ortega y Gasset en su libro El Hombre y la Gente (1957) dice que el mundo se ha convertido en “una maraña de asuntos e importancias” y ahora nos vemos envueltos en idénticas sombras de confusión. Sin embargo, esta enseñanza en la actualidad valorada, le falta el respaldo de dos nuevas, que en su momento lo fueron y que quedaron irremisiblemente eliminadas de su quehacer didáctico por considerarlas obsoletas, muertas tal vez, o relegadas de su presencia en las aulas.

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Aristóteles

 

El latín y el griego, asesinados por los que nunca creyeron que su propia lengua procedía en su mayoría de esos dos colosos universales del lenguaje, aún sirve de apoyo a la medicina, la abogacía, la terminología botánica de todos los elementos vivos e inertes, la farmacia, las matemáticas, la física y química, la astronomía, la cosmología y una infinitud de materias que prevalecen como términos de ámbito general sobre todos los idiomas y dialectos conocidos que el hombre culto respeta y hace prevalecer con el paso de décadas y siglos.

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Simone de Beauvoir. Paris 1949

Simone de Beauvoir (Paris 1908-1986), junto a Jean Paul Sartre (Paris 1905-1980), representan en el mundo de la filosofía el pensamiento existencialista. En su análisis, ponen de manifiesto la existencia en la esencia. Es la preocupación del propio yo y a posteriori de las cosas; mientras que Heidegger llegará a afirmar lo contrario: En el hombre la esencia precede a la existencia. Dos razonamientos opuestos para una mente reflexiva. Es un problema que permanece vigente desde Aristóteles. La Filosofía nos ayuda a pensar, a crear nuevos cauces en el comportamiento humano, a obtener sabiduría al beber de las fuentes de otros pensadores que analizaron y valoraron todas las posibilidades y recursos de nuestra mente, nuestra vida y el mundo que nos rodea. 

El legado que Grecia y Roma proporcionaron a las generaciones venideras fue extraordinario y vital para la perpetuación del conocimiento y el saber universales. 

El regreso de la Filosofía a nuestro pequeño mundo cotidiano, ha sido una magnífica noticia para todos los que amamos la ciencia del saber y del conocimiento. La Ontología, es decir, la rama de la Filosofía que estudia la naturaleza del ser, en cuanto a ser, no podrá resurgir con éxito sin la ayuda de las dos lenguas antiguas, porque dejarán de explicar entre otras cosas, la naturaleza del hombre sin la objetividad y la expresión que produce el contenido semántico en su significación.

¿Recuperará el hombre su carácter de ser racional y pensador reflexivo? 

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María de Fraile. Octubre 2018.-

La Hoja en Blanco

 

El mismo dilema de siempre con que enfrentarse: Una hoja en blanco.

Más tarde, la indecisión, una duda hiriente, y luego el hastío. Cuesta arrancar de la nada. Vomitar, a fuerza de golpes, palabras y sentimientos. A la hora de responder ante decisiones heroicas, no hay poder que lo sustente. Podría tratarse de una argucia, que intentase jugar a una sola baza toda suerte de cobardía y esperar una eternidad para conocer el resultado de la contienda. Habría que romper la monotonía para partir de cero y caminar hacia lo desconocido. 

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Godafoss. Islandia

Fueron días de sudor pegajoso, insomnio cruel y angustia incontrolada, por un fallo que parecía irreparable. La mente vacía, el alma colgada de un saliente en el abismo, la voluntad aferrada a un no saber qué hacer. Pero el momento final llegó inexorable y la mano que levanté para decir que no a todo lo miserable temblaba, se estremecía.

 

Mañana ya no seré yo. será otra la que responderá de mi existencia. Y cada día será distinto, con un nacer y un morir más auténtico. Y mi cuerpo se liberará de las espinas que lo castigaron en silencio. Y las heridas que dejaron en él cicatrizarán con la lluvia de este octubre perezoso y cambiante.

 

 

IMG_3643 2El verano ha sido hiriente, tórrido, inhumano, solitario en un involuntario encierro. Tan solo al llegar la noche, podía contemplar las estrellas y suspiraba por un mundo más feliz.

 

Ahora que los árboles comienzan a languidecer, el aire se renueva, la mente se libera y despeja la mala conciencia, ahora, ya no tengo miedo. El papel en blanco se muestra ante mí. Las ideas se agolpan en la cabeza sin orden pero ya no mueren fulminadas por la apatía. Ya no hay soga apretada que estrangule mi garganta. El mundo se ha abierto a mis pies y he comprendido que aún quedan personas, cosas, sentimientos por los que luchar y causas que defender. Así, unos días con luz y otros a tientas se ganan posiciones. Debería derramar un aluvión de ideas para esa historia sin terminar y, aunque permanece muda, sé que existe en mi subconsciente, agazapada por pura cobardía. 

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Steindal Bru. Hardanger, Noruega

A fin de cuentas, ¿ que significa la vida para el ser humano? Leo Tolstoi afirmó que la vida es amor, el valor más grande y puro del hombre. Ciertamente aún no lo he logrado averiguar. Sin embargo, es tan corta… no hay instantes para una vuelta atrás, y los días, los momentos se hacen a veces tan largos e insufribles…!

Para el filósofo inglés John Locke  (1632-1704,. el entendimiento humano, la mente humana son como “un papel en blanco”, donde nada hay escrito y en los que nada puede escribirse, si no es a través de la acción del conocimiento sensible, de la experiencia.

Es la pregunta sin respuesta del poeta, del insatisfecho, del rebelde, del filósofo, del que ama la vida por encima de todo.

María de Fraile. Octubre de 2018.-

La Gran Olvidada

Hoy nos fijamos en ampulosos mensajes de reivindicación femenina, como si nunca hubieran existido almas luchadoras que lo refrendasen. Ahora la mujer se erige en mártir de una causa que siempre estuvo junto a su condición humana y para la que no valieron prendas mediocres ni estereotipadas.

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Emilia Pardo Bazán

El personaje que ocupa nuestro rincón es una amalgama de espíritu salvaje, defensora de ideas puras y transgresora de tabúes trasnochados. Una mezcla casi espiritual de libertad y la representación más genuina del feminismo. Personifica un combate soterrado entre la sinrazón y la cordura. Es el reconocimiento de la verdad absoluta.  Una clara defensa de la mujer ante la impostura en un sistema caduco.

A pesar de todo, apenas se la conoce. Anteriores generaciones buscaban a la sombra de los castaños  del parque del Retiro con alguna de sus obras bajo el brazo, un recogido banco donde deleitarse con sus historias. Si, Emilia Pardo Bazán estuvo un tiempo en los libros de texto de la escuela secundaria, como paradigma tal vez, en un episodio más de la literatura del siglo XIX. Significó tan sólo una reseña para preparar un examen de fin de curso. Y es ahora cuando se desata la duda sobre su supervivencia. ¿Qué será de Doña Emilia a partir de este momento? ¿cuál fue su sueño, o quizás se convirtió en algo puro y quedó postergado en el olvido?.

Mujeres que lucharon por la defensa de sus ideales y mostraron el estandarte de su rebeldía, se encuentran por cientos, pero en ella conviven lo nuevo de la sociedad actual y lo viejo del mundo que conoció,  que amó pero que nunca compartió.

En otro orden de cosas, la figura de Doña Emilia no se desvanece en el tiempo. Es cierto que, desde su infancia, recibió el fuerte apoyo de su padre al que veneraba y con el que la unían fuertes lazos. Ello contribuyó a afianzar desde la niñez, unos sólidos principios de igualdad entre el hombre y la mujer, en una sociedad que nada protegía los intereses de la mujer. Una prueba evidente de su madurez humana frente al rechazo de las imposturas de género de su época, se pone de manifiesto al analizar en su biografía las diferentes etapas de su vida. Su fuente inagotable de recursos le permite abarcar todas cuantas posibilidades de creatividad le ofrece el mundo de la cultura. En 1889 interviene activamente en los círculos literarios, es asidua al Ateneo de Madrid y se afana en divulgar las diferentes corrientes estéticas europeas y españolas. Es una mujer leída y muy viajera. Sus conocimientos no se circunscriben a la literatura. Se interesa por las corrientes pictóricas, la música y las vanguardias. Ama la filosofía y sobre todo, permanece atenta a los cambios políticos que afectan a la sociedad. 

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Emilia Pardo Bazán

Después de experimentar un matrimonio fallido, cuando apenas había cumplido los veinte años decide romper con el sistema y se instala con sus tres hijos en Madrid. Allí consolidará su fama de escritora, sola, sin apoyo de hombre o marido y, al albur de otras expectativas, reconstruye su independencia. Años más tarde, conoce a Benito Pérez Galdós. Es una relación sin trabas, no al uso de la época, cargada de pasión y vehemencia aunque ciertamente incompleta, puesto que, a pesar de los veinte años que duró, no le impidió mantener otras más breves y diferentes con hombres más jóvenes que ella. Fue como una transformación vital que la llevó a liberarse sexualmente. No obstante, en gran medida valora su independencia pero no renuncia del todo al espíritu católico y conservador, a pesar de ser fiel a las ideologías en defensa del feminismo.

A la manera galdosiana, Doña Emilia crea una estructura en la novela a modo de ciclos, en la que algunos de los personajes de sus obras vuelven a aparecer en otras historias, provocando una recurrencia de personajes, temas y lugares que llegan a ocupar una parte esencial en el contenido del relato. Respecto al ciclo llamado “Adán y Eva” el lector puede percibir un realismo y autenticidad igual que en la vida real.

En su obra “La madre Naturaleza” escenifica fielmente, a pesar de las diferencias estéticas que le separan de Émile Zola, un paralelismo con el escritor francés al aunar la estética naturalista con la realidad del entorno, como dos fuerzas de choque irresistibles ante el sentimiento y la pasión de los dos protagonistas enamorados. Doña Emilia va más allá de la línea naturalista francesa. Mientras que Víctor Hugo y el propio Zola muestran la parte más triste y sórdida de sus historias, ella reaviva el relato otorgándole realismo. Sus personajes realzan la historia y aportan alegría a la tristeza, luz a la sombras y esperanza al desánimo. Estamos ante un desarrollo esteticista inusual en la época, donde conviven naturalismo y realismo.

Las manos de la condesa de Bazán se llenan de vida con sus historias y en “Los Pazos de Ulloa” cierra el episodio más naturalista de su producción literaria, donde muestra con profusión su Galicia natal.

Ese mismo año, expone en el Ateneo un trabajo de investigación sobre la literatura rusa y da a conocer su libro “La Revolución y la novela Rusa”. Tolstoi le disgustaba en extremo pero fue seducida por Dostoievsky. 

El lenguaje usado en sus novelas resulta ahora anacrónico, fuera de uso pero es rico en matices, denso en contenido y mantiene vivo el espíritu del pueblo que lo encarna. Existen pocos escritores de la época que conozcan y utilicen un lenguaje tan de nuestra idiosincracia, variado a la vez que basado en la esencia misma de un pueblo, el español, que lo valoren hasta el punto de llevarlo a sus novelas y enseñorearse de él como lo haría Galdós y más tarde Unamuno, Azorín o Baroja. Ella lo pasea por sus páginas y hace que sus personajes se enorgullezcan por ello. Su sintaxis es clara, reconocida y académica, es una gran conocedora de nuestro idioma y lo engrandece con frases sencillas, naturales, para que todo el pueblo lo entienda, valore y se reconozca ante él.

Es la gran mujer que dignifica un compromiso sordo pero necesario con la sociedad, en especial la mujer que vive y sufre la opresión, porque soporta el menosprecio de su reconocimiento ante los que la humillan y lucha con denuedo por conseguir la equidad de género.

Era alegre, divertida, hacía bromas y risas a cerca de su gordura y con su simpatía arrolladora cautivó desde las mentes más exquisitas  al pueblo llano más humilde y sencillo.  Podríamos hacer uso de su prosa culta a la vez que ingenua y natural en estos tiempos tan contradictorios como ajenos a preservar nuestra cultura y costumbres más arraigadas. Nuestros hijos están sometidos al aprendizaje de la ciencia y la tecnología. Sin embargo, el culto al lenguaje no debe despreciarse en aras de lo que otros podrían despreciar por obsoleto y caduco.

Es hora de reivindicar nuestras raíces milenarias a través del legado que hemos recibido. Rindamos un sincero homenaje a los que, como ella, supieron defender el acerbo cultural de nuestros antepasados.

Sus orígenes gallegos no la impidieron reconocer y valorar la lengua castellana, nuestro idioma español, que lo es para todos los españoles de bien.

 

… ita ut serviamos in novitate

spiritus, et non in vetustate litterae.

(“… para que sirvamos con espíritu nuevo,

y no en el arcaísmo de la letra”)

                                         SAN PABLO

Emilia Pardo Bazán 

La Coruña 1851 – Madrid 1921

El Estudio de la Calle de Leganitos

Conocí a un chico que tenía un estudio en la calle de Leganitos. A mi edad, no consideraba peligrosas las calles de Madrid, incluso podrían ser más atractivas si estaban fuera de mi barrio y formaban parte del conjunto histórico de la ciudad.

Leganitos era odiada por puritanos y gente de recto proceder, pues su fama sobrepasaba la línea roja de lo estrictamente permisible. Los prostíbulos camuflados estratégicamente en hoteles más o menos respetables se distribuían a lo largo de la calle, junto a los bares y restaurantes frecuentados por turistas. Y en mitad de ella, una comisaría de policía se mezclaba entre los edificios de los que salían y entraban gentes de toda condición. ¡Toda una paradoja!

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Calle de Leganitos. Subida hacia Plaza de Sto. Domingo

 

En la parte más alta de la cuesta, se llegaba a la Plaza de Santo Domingo y allí el ambiente se distendía. A un paso de la Gran Vía, se conjugaba lo nuevo con lo antiguo.

 

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Plaza del Callao

Volviendo sobre nuestros pasos, se accedía a la plaza del Callao, sorteando callejuelas y pasajes hasta concluir en la señorial Plaza de la Ópera.

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Plaza de la Ópera

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Calle de Arrieta

 

Un poco más adelante, la calle Arrieta  nos mostraba el convento de la Encarnación. Para terminar en la majestuosa y elegante plaza de Oriente

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Convento de la Encarnación

Me gustaba perderme por esos rincones que embrujaban mis sentidos e inexorablemente mi voluntad se dejó llevar hacia las taquillas del Real.

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Teatro Real de la Opera

Rebuscaba en mi pequeño bolso con qué pagar aquella entrada de “Paraíso” para escuchar a Claudio Arrau. Pude satisfacer mi interés en aquel momento y volví a casa con mi entrada en el bolsillo. No se trataba de la actuación de alguna gran filarmónica. Pero ese recital me llenaba de emoción. Aún habría de esperar un par de semanas. En cualquier caso, estaba muy emocionada por asistir, sola, sin acompañantes ni amigos. Todo el escenario para mí. No lo creía posible.

Y conocí al chico del estudio de la calle de Leganitos. Representaba una novedad inusual en mi vida, y llegó a convertirse en algo mágico.

El edificio estaba próximo a la plaza de España. Mientras lo observaba con detenimiento desde la acera, me acerqué a curiosear  el local que había en la parte baja, bullicioso y poco hogareño. Tenía un escaparate con grandes fuentes de hielo triturado desde donde se movían los largos bigotes de cigalas, langostas y otros bichos de mar. El estudio estaba situado en el primer piso y era utilizado para guardar bebidas y otros utensilios. En aquella vivienda deshabitada se apilaban cajas de botellas de vino y licores. Al fondo de todo ese muestrario improvisado, una puerta grande de color oscuro permanecía cerrada con un grueso candado. La gran sala que servía de almacén, estaba ahora en la penumbra por permanecer cerradas las contraventanas  de sus dos balcones principales.  

Recibí una invitación para conocer ese lugar, que se me antojaba caprichoso y con un misterioso encanto. Fui de la mano de una amiga común, menos aficionada a la música que yo pero llena de ganas de que conociera el lugar. El amigo nos recibió en el portal. Su aspecto era el de un hombre joven, serio  pero atractivo y algo bohemio. En su atuendo destacaba una chaqueta Harris, de lana y una bufanda escocesa de colores azules. La pipa de aromático tabaco inglés aún humeaba entre sus dedos. Nos saludó con afabilidad y subimos al estudio.

IMG_3845Al abrir la puerta, me sorprendió que estuvieran cerradas las ventanas. Podría ser una habitación luminosa pero él prefería la luz artificial, el aislamiento y la soledad para una mejor compenetración con el mundo de la música. La estancia no era muy grande pero si cabían dos grandes cajas sonoras de altavoces, junto a un amplificador, un giradiscos modesto y una radio  acoplada al conjunto. A la izquierda de la puerta, había una mesa de escritorio que adquirió en una liquidación de mobiliario antes de que demolieran la antigua Casa de la Moneda. Era robusta, de madera rojiza y con cajoneras a ambos lados. Frente a ella, una mesita velador y una pequeña turca, que bien podía hacer de sofá algo desvencijada, completaban el mobiliario. Las cajas acústicas estaban colocadas en ángulos contrapuestos para producir mejor sonoridad y, sobre las paredes y contraventanas cerradas, se habían colocado grandes pósters, a modo de cuadros que exhibían reproducciones importantes de exposiciones pictóricas como El Greco, los Madrazo o un mapa de Gran Bretaña, en el que se podía ver muy bien ilustrado, las diferentes monarquías inglesas desde sus inicios, además de leer la historia de cada una de sus ciudades más importantes. Nuestro amigo hubo de recorrerse algunas embajadas y oficinas de turismo de algunos países para completar la decoración de su pequeño estudio.

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Hacía fresco en esa casa deshabitada y oscura pero contaba con una pequeña estufa de infrarrojos colocada estratégicamente sobre el marco de la puerta de entrada. Una botella de whisky  Vat 69 convertida en lámpara, alumbraba desde la mesa de estudio y envolvía con su luz tenue, el ambiente de aquel cuarto extraño a mis ojos pero cálido y embriagador.

Ya había caído la noche en aquel sábado de noviembre y aún no eran las siete de la tarde cuando nuestro amigo colocó un disco sobre el giradiscos. Y  entonces conocí a Gustav Mahler.gustav-mahler

Hubo a partir de ese día, muchas tardes en las que mi nuevo amigo, aquél que tenía un estudio en la calle de Leganitos, me invitó a disfrutar de su música, momentos en los que, al abrigo de un café y un bizcocho borracho, saboreé nuevos compases, otras melodías, muchos conciertos y otros tantos compositores e intérpretes.

Hubo veladas donde los acordes de la banda de jazz de Ahmad Jamal amenizaron nuestra tertulia. Al calor de una copa de licor y un puñado de velas, dibujamos un mundo de luces brillantes y grandes proyectos de futuro.

Mi vida se llenó de música, de ilusiones nuevas, de otros sentimientos, de sensaciones que hasta entonces no había experimentado. La música sirvió como nexo de unión. Fue ese algo fundamental con quién compartir.

He vuelto a la calle de Leganitos. Las tiendas de chinos y los locales de comida rápida  han hecho desaparecer todo su encanto. Cerca, rugen con furia las máquinas que destrozan la Gran Vía. Es como una figura de porcelana que se rompió y ningún pedazo sirve para recomponerla en ese diabólico puzzle. La cafetería continúa en el mismo lugar y el estudio de mi amigo desapareció para integrarse al resto de la vivienda y convertirlo en un gran salón restaurante.

¡Qué absurdo destino, que mueve al ser humano a destruir lo que más valora, en aras de un equivocado y mal intencionado beneficio.

 

María de Fraile. Julio de 2018.-