Admirar un Cuadro

Tarde tranquila en un museo de la vieja Europa. Largas colas de espera y un único afán. La contemplación de bellas obras de arte.

En primera línea, provisto de unos cascos de audición, mi acompañante escucha historias sorprendentes de los secretos y tesoros guardados en este viejo Palacio. La mirada atenta, el pensamiento activo, el alma colgada del filo de un sable por la emoción.

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Lección de Anatomía del Dr. Tulp. Rembrandt

Relegada un poco más atrás, contemplo la escena en su conjunto. cámaras fotográficas, miradas que se pierden en las tres dimensiones del espacio de la gran Sala. Murmullos que se entrecortan en el aire. Expectación.

En la observación, los comentarios se desatan. Un grupo de adolescentes rodea enfervorizado a su guía. Explica con voz rotunda sin importarle la presencia del resto de los observadores de la Sala, que le desafían en silencio a que se calle.

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La habitación en Arles. Vincent Van Gogh

Hay pocas posibilidades de descansar en un banco. El único existente lo ocupan un nutrido grupo de orientales, inquietos e impacientes por solucionar la falta de visión de los cuadros que, ahora admiran los jóvenes estudiantes. Han de llenar de instantáneas las tripas de sus cámaras.

El Salón continúa absorbiendo visitantes curiosos. Ya casi no cabe un alma más. Entre el barullo y mi agotamiento, he perdido a mi acompañante que persigue y devora imágenes como si de un gran apasionado y visceral loco por la pintura se tratase.

La atmósfera se carga de un aire pesado, incómodo, irrespirable. He de acercarme un poco más a los lienzos pero una masa de cuerpos humanos me lo impide. Es la Sala de los Impresionistas. Aún no había podido distinguir en cuál de ellas me encontraba.

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La Merienda campestre. Édouard Manet

Por fin, un paisaje asombroso aparece ante mis ojos. Édouard Manet pintó “La Merienda Campestre” en 1863 a sabiendas de que iba a cautivar los ánimos de seguidores y escépticos.

Un desnudo entre hombres vestidos. Una pintura al aire libre, pletórica, con inspiración en los artistas venecianos como Giorgione.

Un cuadro que fue censurado en su época y relegado al ostracismo en el Salón de los cuadros llamados “Rechazados”. Una mujer muestra su desnudez ante la mirada de dos jóvenes estudiantes que la acompañan, durante una merienda en el campo.

Mereció la pena esta espera, ese desasosiego y el agobio de los que finalmente abandonaron la Sala para dejarme con mi bien hallado acompañante y así disfrutar en plenitud de la visión de este cuadro revolucionario.

La imagen nítida de la mujer desnuda resplandece en la semi oscuridad de un bosque sombrío, mientras que otra, otorga luz al fondo de la pintura y lo llena de libertad.

María de Fraile, Mayo de 2017.-

 

 

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