Paralelismos kafkianos en Antonin Dvorák

Relatos fantásticos en los poemas sinfónicos de Antonin Dvorák. Un paralelismo kafkiano sobre complejas verdades en la naturaleza de la existencia.

A pesar de mis insistentes llamadas a la embajada Checa en Madrid, en apoyo de una visión más valorada y profunda sobre su cultura y, en particular, sus héroes cualificados en el mundo de la música, no he conseguido ni tan siquiera una nota de disculpa a mis solicitudes. Sólo silencio y olvido.

Y me gustaría tratar aunque fuera a modo de esbozo, un recuerdo, que no análisis, sobre la trayectoria musical que este país centro europeo tuvo en los últimos doscientos años.

Uno de los biógrafos que siguió estos acontecimientos, afirmaba que: “ Las ideas innovadoras del siglo de las Luces en la segunda mitad del siglo XVIII y la Revolución Francesa, forjaron un camino a seguir en la Europa Central.”

El Historiador francés Ernest Denis escribirá al respecto: “Los checos se despertaron eslavos de un sueño de doscientos años y, como habían pronunciado ya las primeras palabras sobre emancipación religiosa, han sido los primeros en predicar la cruzada de emancipación nacional. Ellos han sido los promotores, y son aún los más ardientes campeones de este renacimiento eslavo que perdurará sin duda, como uno de los hechos más grandes de nuestra época.”

Los que despertaron esta conciencia nacional, que aprovecharon y apoyaron ese renacimiento fueron los responsables de la creación de grandes períodos de la historia checa, así como de su música popular e hicieron suyas las fuentes de inspiración.

Teatro provisional de Praga

 

El Conservatorio de Praga fue creado en el año 1811 a imagen y semejanza del de Paris, y tanto Bedřich Smetana (1824-1884), nacido de una familia de cerveceros, como Frantisek Skroup (1801-1862), símbolo del nacimiento de la ópera checa, llegaron a crear una escuela nacional, en la que, además de su entusiasmo por las ideas revolucionarias, compusieron obras dedicadas a la insurrección de Praga. Simultáneamente surge en la campiña, a pocos kilómetros de Praga un joven enamorado de la música e inicia el mismo camino que sus predecesores. Comienza pues, una etapa de aprendizaje en la vida musical de ese creador eslavo, como cantor coral.

Recordemos que la antigua Checoslovaquia, ahora dividida en dos partes muy definidas, República Checa y Eslovaquia (escisión que entró en vigor en enero de 1993), formaba parte del imperio Austro-Húngaro. Esta represión hizo estragos en el pueblo eslavo y su cultura se ha visto influenciada mostrando ese afán de libertad, donde se vislumbra un marcado tono nacionalista en todas sus composiciones.

Pero centrémonos en una figura esencial dentro del folklore del país, arraigado como pocos, decidido a mostrar la fuerza que engrandece el amor a la patria y el reconocimiento de los valores morales de un pueblo que sigue luchando, a pesar de dominaciones y represión política, por la esencia pura de una ilusión: la defensa de una tierra y su idiosincracia.

Antonin Dvorák

Antonin Dvořák nace el 8 de Septiembre de 1841 en Nelahozeves, (muere en Praga el 1 de mayo de 1904),  lugar que perteneció en otro tiempo a la ciudad de Praga y fue un centro de revueltas campesinas entre 1680 y 1775, y que, de alguna manera, podría haber influido en el carácter reivindicativo de la población ya que, por otra parte, los checos ocupaban puestos de categorías inferiores dentro de la sociedad del imperio austríaco.

El propósito de los compositores eslavos durante el siglo XIX no es sólo musical, es al mismo tiempo político. Los magiares o húngaros compartirán el poder con los austríacos y esta situación suscitará en otros pueblos del imperio una amargura que, a la sazón, provocará cierta hostilidad hacia una nación acusada de demasiada arrogancia.

Frantisek Ladislav Rieger (1818-1903) escribió en 1861:

“Los magiares, a causa de su pasión ardiente por los nacionalismos, quieren imponer su lengua y su literatura a sus compatriotas y también a sus vecinos. Esta pretensión compartida con los alemanes, cuya literatura es la más fecunda, si no la más rica en contenido, resulta soberanamente injusta y llega a ser injustificable por parte de una pequeña nación extranjera   frente a las grandes naciones europeas cuya literatura tiene apenas medio siglo de existencia y es aún bastante exigua, a pesar de los increíbles sacrificios de los grandes mecenas nacionales.

Dvorák constituye el exponente clave en la composición de una música eminentemente eslava, que recoge costumbres y pone de manifiesto las raíces más auténticas de la cultura de un pueblo, por encima de ideologías y matices políticos. Su exquisito gusto por los sonidos populares, le han llevado a experimentar las tradiciones en la música de baile. Adopta ritmos y compone piezas para baile originales, basadas en el espíritu de ciertas armonías populares.

 

Pero también usa como fuente de inspiración, cuentos e historias míticas, inspiradas en tradiciones ancestrales. Dvorák estudia la prosodia de la lengua original para acondicionar la rítmica de su música. Esos cinco poemas, de una escritura densa y salvaje, desvelan otro aspecto de su personalidad como compositor, muy diferente al de las sinfonías o los conciertos. Su arte en la orquestación es incluso más profundo, sobre todo en el tratamiento de los instrumentos de madera y con la presencia del clarinete bajo.

Ilustraciones: Lisa Aisato (Penguin Random House S.A.U)

“Ondina”  nos habla de un espíritu de las aguas adherido al mundo fantástico popular, capaz de transformarse en diferentes animales acuáticos, como la rana o el pez, pero también en piedra. Mucho más maléfico incluso para raptar a jovencitas o niños y llevarlos hasta las profundidades de su reino acuático.

Respecto a “La Bruja de Mediodía” y, “La Rueca de Oro” siguen la misma trayectoria que el texto de “Ondina” Están muy próximos a la narración de los cuentos de hadas clásicos. 

Diseño: Mary Cartwright y Jessica Johnson (para Usborne Publishing Ltd.)

 

En el relato de “La Rueca de Oro” una bella princesa es secuestrada y castigada llegando a ser descuartizada por su madrastra para impedir el compromiso de matrimonio con el rey. A pesar de todo, el bien triunfa sobre la maldad y, milagrosamente una rueda, un huso y una rueca pasan de ser elementos inertes a cobrar vida en un mundo animado, para servirse de ello y derrotar a las fuerzas hostiles.

La música de Dvorák describe cada peripecia de esta historia fantástica con episodios que se deslizan a través de las notas y relatan con visiones a veces abruptas, cada uno de los momentos más apasionantes, llegando a desconcertar y hasta sorprender al auditor más avezado.

La Paloma de los Bosques

En el cuarto poema sinfónico compuesto en el otoño de 1896, Dvorák se inclina por una narración diferente. Su reparto no se ajustará al pie de la letra de la historia del poeta, que protagoniza todos estos relatos, el checo Karel Jaromir Erben, a diferencia de “La Rueca de Oro” y no será tan descriptiva como “Ondina” o “La Bruja del Mediodía”

Su obra se divide en tres partes. Los primeros compases se acercan a la Sinfonía Fúnebre y Triunfal de Berlioz, así como a la obertura Dalibor de Smetana.

 

Se trata de una marcha fúnebre, entrecortada por el llanto de la viuda. Pero su dolor es fingido: Ella ha envenenado a su esposo para reunirse con su joven amante y casarse después. Sobre la tumba del esposo envenenado, una paloma salvaje emprende el vuelo. Es el alma del difunto.

Los remordimientos acosarán a la criminal hasta la locura, que pondrá fin a sus días.

 

 

El quinto poema sinfónico que concluye esta serie, se titula “El canto del Héroe” El canto de Bohatyr, tal como lo llamó el autor en un principio. Parece que quiso honrar a un bardo legendario del país de Bohemia. Quizás una narración autobiográfica, homenajes a amigos como Brahms, o simplemente una evocación a la mitología eslava. Por otra parte, hubo de sufrir comparaciones con otros, a pesar de sus bellezas melódicas, su orquestación cuidada y su aliento épico.

 

 

"K delante del Castillo" - Sam Caldwell

“K delante del Castillo” – Sam Caldwell

Dos genios eslavos caminan por la misma senda durante algunos años y proceden de idénticas raíces centro europeas. Uno estudia la cultura sencilla, como músico y compositor y se adentra en las costumbres antiguas de la tradición popular, para crear a través de relatos inusitados, poemas sinfónicos. El otro, escritor, cabalga sinuosamente por la introspección de la mente humana y juega con mitos e historias fantásticas. Al filo de lo irreal, roza lo inverosímil y casi llega a tocar lo paranoico. Ambos checos, creadores fantásticos, Antonin Dvorák (1841-1904) y Franz Kafka (1883-1924), pertenecen a mundos antagónicos pero sus vidas van paralelas al explorar sentimientos, comprometiendo a la mente humana en una apasionante aventura.

 

María de Fraile. Junio 2021.-

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