El café de media tarde

Nunca, hasta ahora, me había cuestionado los beneficios que proporcionaría un café en el declive de una tarde cualquiera y qué mejor cura para el espíritu sería en estos tiempos aciagos, incomprensibles e inaceptables, saboreándolo con placidez en un vaso de cartón hermético con una pajita reciclable.

Jamás imaginaría durante un paseo, en plena comunión con la naturaleza, poder deleitarme en soledad y a pequeños sorbos, con el placer primario y exiguo de un café hecho a mi medida, en su justo punto de sabor, escondido en un recipiente precintado y sólo en contacto con mis labios a través de un pequeño orificio. Poder caminar con un café entre las manos, frío pero apetecible a la vez, es como romper convencionalismos y etiquetas en desuso. Es poner en práctica las leyes más sibaritas y extravagantes al servicio del capricho. ¿Por qué no dejarse llevar en una aventura monótona y aburrida, de los encantos de una bebida que cautivó desde tiempos ancestrales a un sinfín de culturas y pueblos?

¿Qué esconde el café en sus entrañas para alegrar un poco la mediocridad de nuestro mundo?

 

Los más adictos, reconocen sus beneficios aunque en muchas ocasiones, lo buscan como algo vital, un brebaje que calme angustias y mitigue malestares. A mí me abre las puertas de lo mágico. Percibo olores nuevos, sensaciones frescas en un campo lleno de savia, ilusiones por salvar un entorno que comienza de desmoronarse. Me sugiere una reflexión más positiva de todo cuanto estamos padeciendo, me revela el secreto de fórmulas magistrales para hacer crecer mi valentía.

Pero no se trata de una despreciable droga. Es algo más. Una esperanza, otra forma de aceptar los compromisos dentro de un círculo hostil y plagado de trampas.

Cuando salgo a media tarde a recorrer prados y valles, busco en mi mochila el compañero de viaje que endulzará durante parte de mi paseo, en silencio, a tragos cortos, con suaves pinceladas de sabor, mi paladar y mis sentidos.

Mientras los demás se agitan y corren sudorosos hacia una meta sin retorno, voy alargando el penúltimo sorbo de mi café y observo con ensimismado fervor la inmensa naturaleza que crece bajo mis pies.

María de Fraile. Mayo 2021.-

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