San Petersburgo y Berlin al unísono

Casi dos años a la espera de una ilusión. Una quimera que se enrosca en nuestras vidas y nos va arrebatando entusiasmo. La música está en nuestros corazones, permanece a pesar de las limitaciones y malos presagios y cuando por fin se abre un hilo de luz y las salas de conciertos se abren, lo hacen a medias. ¿Se trata de un exceso de celo, o tal vez una burda manipulación política? En cualquier caso, seguimos sometidos aunque perseveramos en la esperanza de que todo vuelva a estar como antes, al menos que la alegría y la pasión por la música prevalezcan frente al caos que hasta ahora nos invade.

Entonces, Pyotr Tchaikovsky (1840-1893) y Félix Mendelssohn (1809-1847), fueron los elegidos para romper el hielo de nuestras visitas al Auditorio Nacional de Música. Y se produjo el milagro, a pesar de la mascarilla, el ambiente frío de una sala de conciertos a medio aforo y los controles algo intempestivos para organizar la entrada y la salida ordenada. Sin un café que propiciara una tertulia breve para comentar el programa de mano, porque no había tal programa. Solo un jeroglífico para consultar en el móvil las obras que se iban a interpretar y que algunos no acertaron a descifrar. A fin de cuentas, lo importante, lo verdadero, lo esencial llegó a nuestros oídos con la magia habitual. A la música se le puede tapar la boca pero no los demás sentidos.

En lo que se refiere al director de orquesta, Janos Kovacs, no cabe duda que las restricciones impuestas hicieron mella en él pero, no por ello, desmereció su muy hábil y precisa actuación, pues hubo de estar a la zaga con la mascarilla, que maliciosa e impertinentemente resbalaba una y otra vez mostrando su rostro desnudo. Difícil tarea la de lidiar con un trapo que ponía trampas que casi malograron la comunicación con todos los componentes de la orquesta. Su actuación fue sin duda excepcional.

Pyotr Ilyich Tchaikovsky

Y Tchaikovsky no concebía una música que sólo fuera “Un juego de sonidos sin objeto”

El concierto para violín en Re Mayor, Op. 35 data de 1878 y fue dedicado a Adolph Brodsky (1851-1929), violinista y pedagogo ruso. En un principio, el compositor tuvo la intención de honrar el trabajo y la singular brillantez en su trayectoria musical del violinista húngaro, maestro, director de orquesta y compositor Leopold Auer (1845-1930), pero éste rechazó el ofrecimiento que le hizo Tchaikovsky por considerar que el concierto de violín era “intocable”, es decir, imposible de ejecutar. Sin embargo, años más tarde, Auer lo utilizó incluso para poner de manifiesto las virtudes de su composición, añadiendo y corrigiendo algunos compases. No dudó por tanto en incluirlo dentro de su programa pedagógico.

 

Edouard Hanslick, personaje influyente y temido en los círculos musicales, atacó con saña el concierto en estos términos: “Tchaikovsky nos empuja por primera vez a considerar la espantosa idea que pueda surgir en las composiciones musicales en las que el hedor resuena inevitablemente en nuestros oídos”.

Se trata pues, según opiniones refutadas de diversos críticos musicales, de una composición eminentemente barroca, deslumbrante, que hace destacar la figura del ejecutor pero que es carente de unidad, aunque posea una misteriosa habilidad para enaltecer los recursos de la obra.

Sin embargo, el concierto conjuga con brío la estructura de la sinfonía con el principio concertante, entregando al solista el papel indiscutible de líder. Toda la fascinación que suscita el primer movimiento, emana del tema principal, fluido y lleno de emociones. El lirismo y la expresión del segundo movimiento, nos hacen evocar momentos de ternura y melancolía. El compositor llega a comentar: “La Canzonetta es realmente maravillosa. Qué exuberancia poética y cuánto deseo ardiente se esconden bajo esos sonidos velados”

La ejecución por parte de Aleksei Semenenco, fue de todo punto sensacional. ¿Cómo podría aceptarse una crítica tan dura frente a una interpretación que sobrepasó los límites de lo estrictamente razonable para convertirse en algo excepcional? En esa velada especial, el concierto de violín de Tchaikovsky hizo que nos sintiéramos más humanos, más sensibles y un poco más vulnerables a los sonidos de una música casi perfecta.

La sinfonía en La menor “escocesa” Op. 56 de Félix Mendelssohn, nos atrapa en el tiempo.

En 1829, durante una estancia en Inglaterra, Mendelssohn viaja hasta Escocia, donde es recibido por Sir Walter Scott, reconocido escritor en muchos ambientes europeos. El 30 de Julio, le acompaña  junto con su amigo klingemann, a visitar el palacio de María Estuardo, y comenta: 

“En este oscuro crepúsculo, nos postramos ante el palacio de una reina que supo vivir y amar (…) En este lugar donde María fue coronada reina de Escocia, hoy todo es ruina y destrucción, bajo un cielo limpio y sereno. Creo haber encontrado aquí el inicio de mi sinfonía escocesa”.

Félix Mendelssohn Bartholdy

La mente del compositor, entonces llena de imágenes nuevas y desbordada de imaginación, queda suspendida en el vacío de un largo silencio durante años. 

Las brumas y nieblas de Escocia le sobresaltan: “La sinfonía se me va de las manos por más que deseo atraparla…”

No estará terminada hasta el 20 de Enero de 1842 en Berlín e interpretada en la Gewandhaus de Leipzig por el propio compositor, el 3 de marzo siguiente.

Finalmente, una vez corregida y revisada sería enviada con todos los honores y éxitos a Inglaterra para ser entregada a la reina Victoria con la dedicatoria del autor.

 

 

 

La sinfonía “Escocesa” es elegante, muy definida en sus matices, con pasajes conmovedores llenos de lirismo y poesía. Describe una naturaleza sencilla, de pequeños ríos de agua cristalina, cumbres peladas tapizadas de musgo y acariciadas por los vientos de un mar del norte profundo y oscuro. De castillos medievales, que acogieron a hombres aguerridos y luchadores, que guardan celosamente historias de héroes patriotas leales y puros, en pugna eterna por la defensa de la tierra que les vio nacer y en aras de una libertad pocas veces alcanzada.

María de Fraile. Mayo 2021.-

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