El ángel que vino del cielo

Eran casi las tres de la tarde. Se acercaba la hora de mi clase de piano y me disponía a partir. Un día gris que barruntaba tristeza aunque las calles rebosaban bullicio. Apuraba mi vaso de café en una cafetería de moda, cuando levanté los ojos en la inconsciente visión de una mirada perdida a todo cuanto me rodeaba. A través de las grandes cristaleras del local, se podían ver un ir y venir de gentes ocupadas, ociosas, indolentes o preocupadas que transitaban en esa hora mágica en que se unen para luego difuminarse, la mañana y la tarde de un martes cualquiera en un mes de febrero que aún no había puesto de manifiesto su falta de cordura. 

Mientras me ponía el abrigo observé sin mucho detenimiento los edificios de la acera de enfrente.  Estaban más grises que de costumbre. Pertenecían a esas construcciones modernas de finales de los ochenta, oscurecidas por la contaminación y atiborradas de pisos cuyas ventanas estrechas simulaban pequeñas colmenas. Apartamentos diminutos para dar cabida a cientos de vidas anónimas en una urbe de gigantes.

De pronto, me llamó la atención algo que, por la lejanía, no pude distinguir bien. A simple vista, podría ser un pantalón tendido sobre el antepecho de una ventana. Pero había algo más detrás. Intenté agudizar la visión incluso a través de mis gafas pero no lograba apreciar de qué se trataba. Poco a poco fui consiguiendo establecer algo más concreto, hasta que di con la imagen real. Las perneras de los pantalones no estaban vacías. Había alguien dentro de ellas. Finalmente, pude distinguir a una joven que podría tener el cabello claro y rizado y que sentada sobre el alféizar de la ventana y sujetas sus manos a ambos lados de la barandilla, observaba quieta y expectante todo cuanto se producía muchos metros más abajo.

Al momento, tuve un infame presentimiento. Intuí que intentaba arrojarse al vacío. Dí un respingo y mi corazón comenzó a acelerarse estrepitosamente. Hubiera deseado estar más cerca, verle la cara, ayudarle a recapacitar. No estaba sentada en aquel lugar tan inhóspito y peligroso por una banalidad o un capricho, me temo.Mientras el viento agitaba sus cabellos, parecía haberlo meditado y tomado una decisión. La tarde era fría y la gente seguía moviéndose como muñecos sin cuerda, de un lado a otro bajo sus pies. Los coches circulaban y nadie reparó en contemplar aquella pequeña ventana de un séptimo piso en un edificio cualquiera de una avenida importante de no importa qué ciudad.

En una crónica periodística, faltarían muchos detalles como los qué, cuándo, cómo, dónde, o tal vez por qué… Eso no era lo importante. En esos momentos, un ser humano, no importa el motivo, se debatía entre continuar viviendo o arrojarse al vacío porque lo que sí estaba claro para ella era que en ese instante su vida carecía de valor. 

Después de unos minutos trágicos de espera , ensordecedores por un cruel y absoluto silencio, mi garganta se ahogó en un grito de dolor. No dejé de mirar cómo caía aquel cuerpo frágil, que parecía esperar alguna llamada del cielo y al no escuchar respuesta, decidió arrojarse hacia un abismo de gentes que, atónitos, contemplaron el suceso.

Estaba consternada y a la vez sentí un profundo sentimiento de fracaso. Eramos quizás demasiados los que contemplamos la escena y ninguno tuvimos el arrojo de intentar detenerla, aunque fuera desde la distancia. Ni siquiera pudimos lanzar un grito de aviso. Quedamos agarrotados por la triste y desventurada visión que no todos comprendían y que muy pocos imaginaban.

Más tarde, ruido de ambulancias, vehículos policiales, atasco de tráfico conmoción en las calles de una ciudad sin identidad, con un corazón de piedra y una sensibilidad corroída por el conformismo, la banalidad y la frialdad de sus almas.

El final de esta historia puede que sea triste pero está lleno de ambigüedad, de tibieza moral. Vivimos en una sociedad aparentemente desarrollada donde convergen bienestar y comodidad pero están desapareciendo los valores más enraizados de nuestra misma esencia. Esta joven muchacha o quién pudiera ser en realidad, merece un respeto y una consideración. Un recuerdo a los cientos de personas que han perdido la vida voluntariamente porque no han encontrado ese punto de apoyo que les ayudara a seguir en pie. Son víctimas de un fracaso colectivo que nuestra sociedad grande e inteligente, avanzada y pura no ha sabido o no ha querido darle, tal vez por un falso interés hacia otras metas, que han considerado más importantes de salvaguardar. 

Pasadas ya muchas horas desde que se produjo el luctuoso suceso, que yo sepa, nadie ha dedicado, siquiera en una escueta línea, una breve crónica de cuanto acaeció en ese lunes negro de cielo gris, en una gran ciudad, en los inicios de un mes de febrero, casi como tantos otros.

Una corta reflexión para un día que acabó sin más aliciente que un último y postrero adiós a una desconocida que sufrió momentos de soledad y un ángel la consoló llevándola consigo.

María de Fraile. Febrero 2021.- 

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