Una huida sin retorno

La escapada hacia un infinito incierto podría suponer, en la mayoría de los casos, no desear afrontar una responsabilidad sin haber meditado sobre sus consecuencias. El dilema de aceptar o no la razón ante algo indeseable y pernicioso, puede alterar la lógica que lo sustenta.

La mente humana reacciona hábilmente cuando se cruzan sentimientos contrarios frente a una duda metódica, o llega a generar otros que la aprisionan como el odio y el rencor. 

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Una huída indeseada puede generar desasosiego si es provocada por un fracaso o una desilusión. La mente está en un limbo no deseado y la voluntad no responde a la presión de sus impulsos.

A partir de ahí, el ser humano se siente obligado a claudicar. La esperanza no fluye de la nada, si no es fruto de una reflexión. A pesar de la falta de una realidad vital, le mente puede ordenar ese caos provocado por el miedo inducido hacia una consecuencia fatal y recuperar el estado de paz que perdió antes de conocer los problemas que le llevaron a perder el control.

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La mente puede frenar los deseos de huida con racionalidad y cordura. La escapada llevará ineludiblemente a la cobardía y empobrecerá el espíritu del hombre. Al final, ese escape dibuja una avanzadilla a la desesperación, despojarse de compromisos, evadir responsabilidades y soñar con ilusas esperanzas, anhelando el refugio en un viaje de ida sin una vuelta atrás. Porque el camino andado se perdió hasta desaparecer en la lejanía.

La ilusión de encontrar un mundo nuevo, mejor, diferente del conocido donde poder descansar con sosiego, puede ensombrecer una quimera ineludible, indescifrable que haga destruir algo tan valioso como la esperanza. Porque ¿Qué motor mueve al mundo a continuar hasta el final si no es la esperanza?.

La Eutanasia significa provocar un final sin la certeza de que logre apaciguar la angustia de un futuro ennegrecido por la ignorancia y la cerrazón. La inquietud que desencadena el temor al dolor físico e incluso psíquico, condiciona la voluntad y hace que se pierda el equilibrio que da la seguridad puesta al servicio de la búsqueda de un mayor bienestar.

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El hombre no está preparado para sufrir indefinidamente y, no por ello, ha de renunciar a evitarlo en la medida en la que pueda ser capaz. Pero escapar de esa opresión está en su condición humana, a pesar de los principios morales y éticos que le acompañarán a lo largo de su vida.

La Eutanasia no es una ley moral, porque destruye el espíritu de lucha, envilece el alma y la despoja de cualquier sentimiento de deseo hacia una redención digna. La certeza de la existencia  de algo más puro después de la muerte, mueve las mentes de los que confían y esperan otra vida, que ha de ser diferente e incluso mejor que la que ahora tienen, llena de sensaciones positivas pero también cargada de sufrimientos y dolor.

 

 

María de Fraile.- Febrero 2020.-

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