Heinrich Harrer. Siete Años en el Tibet

Historia de un montañero austríaco que quiso tocar el cielo con la punta de los dedos.

Breve semblanza de un personaje que pudo llegar a ser místico.

 

alta calidad

Portada de una edición juvenil de la obra

Casi todos hemos disfrutado de su relato, aunque algunos lo hayan desprestigiado poniendo en tela de juicio los valores del autor. “Siete Años en el Tibet” no es una historia cualquiera. Arranca de nuestro interior deseos de emular a su protagonista. Nos sentimos identificados con la pureza de sus sentimientos. Anhelamos esa redención que, en vano busca el escalador en un momento de la historia tan determinante como convulso y, no sólo quedamos hechizados por su temática, sino que nos ayuda a resolver algunos enigmas que pudieron surgir a lo largo de nuestra vida. Cuántas veces me cuestioné el significado de la atracción que experimenta el individuo al sacrificar casi inútilmente su vida en pos de un logro tan efímero y fútil como es alcanzar una cima, la más alta jamás explorada y pisada por criatura humana. La conquista de un lugar abrupto al que aún nadie llegó, a través de un camino inexpugnable, lleno de dificultades y sufrimientos para, finalmente, ser víctima de un fracaso, nunca pudo significar para mí una justificación conciliadora. No encontré hasta ahora un motivo por el que tal acción fuese aceptada. Consideraba que las mentes de aquellos que lo intentaron carecían de  sentido común, tal vez raciocinio, movidos por un interés de competición.

nazi

Heinrich Harrer

La historia esta basada en la autobiografía del autor Heinrich Harrer, que trata de atraer al lector y provoca en él sentimientos elevándolos hacia un misticismo casi ecléctico, al considerar que su espíritu se sublima a medida que va ascendiendo hacia la cumbre, hasta conseguir la recreación de su alma en contacto con una nada que esconde misterios sobrenaturales.

La controversia se suscita cuando estos valores puestos de manifiesto por el autor se vienen abajo ante un compromiso moral que oculta veladamente. La colaboración activa de Heinrich Harrer con el tercer Reich y su relación directa con el nacional socialismo de Adolf Hitler, produjo recelos y suspicacias cuando su libro salió a la luz en el año 1952. Siete años antes, la II Guerra Mundial acababa y ese fue el período en el cual se gestó la novela, fruto de sus experiencias en el Tibet y el conocimiento que contrajo con el Dalai Lama, su más fiel amigo y aprendiz. El otro lado de la historia, el que nos hace bajar de las estrellas para contemplar con cierto análisis crítico la realidad de las cosas, apunta hacia valoraciones más precisas en cuanto a la apreciación del sentimiento estético de un geólogo, escalador, escritor y humanista que busca significar en su novela un ideal de vida, la defensa de la libertad del individuo a pesar de las manipulaciones de gobiernos e ideologías.  Y continúa abogando por el respeto ante las creencias de los antepasados que asume que debe ser el fundamento necesario para la reconciliación y la concordia de los pueblos, que nunca deberán estar sometidos a un invasor. La religión será pues un baluarte que servirá de instrumento al individuo como base moral en su ideario. Todo un doctrinario turbio y enmarañado capaz de desvirtuar los fundamentos éticos más puros. 

Heinrich Harrer y Hitler

Heinrich Harrer ( Segundo de la izquierda)

 

Bien es cierto que la fuerza de esta aventura no debe valorarse por la tendencia política del que la protagoniza, aunque lo que produce en nuestras conciencias al conocer los acontecimientos que rodearon al escritor, es un cúmulo de desconfianza, desasosiego y malestar en contradicción con los sentimientos que le indujeron a permanecer en el Tibet durante todo ese tiempo. Su relato está lleno de incongruencias y no valora en absoluto si la guerra ha concluido o no. El extranjero que ha vivido siete años compartiendo con los monjes sueños y realidades, se rebela con los que se niegan a luchar contra la China nacionalista de Mao y prefieren la rendición. Finalmente, decide volver a su país. Lleva en su mochila junto con una caja de música, cantos de alabanza, olor a incienso y promesas de redención. 

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Y es entonces cuando el relato de Heinrich Harrer se vuelve confuso, más tarde incomprensible,  posiblemente tendencioso, pero sobre todo muy difícil de aceptar. Hubiera podido ser una magnífica novela a no ser por esos tintes oscuros y mediocres de mendacidad.

María de Fraile.- Agosto 2019.-

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Heinrich Harrer con el Dalai Lama

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