La extraña naturaleza de la Novela histórica

La novela histórica ha incrementado su auge después de que se consolidara en el siglo XIX con el escritor inglés sir Walter Scott. Han sido necesarios casi dos siglos para que la creatividad de algunos escritores actuales bastara para complacer a un gran número de seguidores que, no contentos con los éxitos logrados en películas de ese género, demanden historias poco verosímiles en una incongruente puesta en escena que domina una temática irreal e ilógica, donde sitúan el argumentario en épocas lejanas y amalgaman civilizaciones avanzadas con costumbres ancestrales. No importa por qué mano fuera asesinado Julio César si otro acontecimiento descabellado le sustituye para producir un apasionado interés, todo ello aderezado con una ambientación de imágenes y efectos musicales sorprendente y grandiosa.

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Estatua de la diosa Afrodita. Nápoles

 

La novela histórica entra en nuestras vidas empujada por la mano oscura de la fantasía. Ese desorden de ideas que provoca en la mente cuando no se desea conocer la realidad de la Historia, con mayúsculas, en toda su dimensión y grandeza. Puede ser una banalidad no considerar el número de carabelas que atravesaron el océano Atlantico a la conquista de América. Es lo que menos importa si surgen otros protagonistas que hagan cambiar el rumbo de la flota, sea grande o pequeña para crear nuevas aventuras que adornen y “enriquezcan” la trama. Si a eso se suma la intriga de un asunto inesperado, no necesariamente cierto y contrastado con la objetividad de los datos de un historiador, como la conspiración abyecta de alguno de los conquistadores o el descubrimiento de una pasión sucia y oscura, mezclada con unas gotas de siniestra maldad deshumanizada y cruel, ya tenemos la mezcla perfecta para producir éxito y dinero a manos llenas.

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Estatua de mujer en mármol.Parece custodiar los sepulcros situados a lo largo de la calle.

 

La moraleja de esta historia, con minúsculas, es el desencanto de una realidad a cambio de otra menos verosímil aunque más atractiva, deslumbrante y capaz de llevarnos por los caminos tortuosos, eso sí, de una cautivadora y engañosa ficción salvaje que podría rozar el límite del abismo de la confusión. Esta absurda ilusión es la consecuencia de la búsqueda incansable de una quimera existencial donde se mezclan verdad y mendacidad, no importa lo retorcido que pueda estar el relato por quienes refutaron a conciencia los hechos establecidos y contrastados en documentos oficiales.

¿Por qué entonces, no importa bajo qué consignas o propósitos aceptamos un relato falsario y utilizamos sólo como apoyo el verdadero? ¿Será que desconfiamos de cuántos narran la Historia, con mayúsculas, porque no la vivieron de primera mano y desdeñamos su autenticidad, o tal vez, nos atrae más la ficción por esperpéntica y poco fiable?.

La conclusión a este dilema viene a decirnos que no valoramos la verdad porque no creemos en ella ya que consideramos que no existe desde nuestra raquítica visión del mundo, una base sólida que la sustente. A fin de cuentas, lo que prevalece y otorga carta de naturaleza, aunque sea en clave “minúscula” es el fundamento para lo que fue creada: un estímulo que atrape al lector por su inventiva, originalidad o quizás por la potencia de su discurso creativo. La Historia con mayúsculas, tenga o no rango oficial, es un hecho subsidiario.

María de Fraile.- Junio de 2019

 

 

 

 

 

 

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