Un día en la Feria del Libro Antiguo

Transcurridas unas semanas de desconcierto, rompedoras de rutinas por unos días festivos que casi todos han esperado con verdadera ansiedad, reconduzco a mi manera mi vida y saboreo el tiempo que, de una u otra forma, no habría disfrutado de no romper con .el monótono quehacer diario.

La primavera inunda calles y paseos y ofrece luz y color a las casetas del paseo de Recoletos en su Feria del Libro antiguo y de ocasión. Historias viejas, enseñanzas casi olvidadas, mucha cultura y una esperanza casi ciega de redención en el alma, que en otro tiempo se sintió iluminada por la gracia sobrenatural del saber.

En una búsqueda casi ciega, sin rumbo, con los pies empapados por el chaparrón inoportuno, busco el sol que tímidamente asoma entre nubes de tormenta. Comienzo un itinerario de la mano de mi intuición a la que venero porque ha triunfado en múltiples ocasiones.

C-uoAFsXUAEMxZ--e1524484501303Es la primera hora de la tarde y la gente acude cada vez en mayor número. No todos se sienten atraídos por la misma literatura, aunque existe un interés general por encontrar su propia ganga, aquello que se esconde entre un montón de libros y espera impaciente una mano diestra para rescatarlo de la codicia ajena. Y es entonces cuando sienten una satisfacción especial al haber logrado su propósito.

El mío es otro. Busco la obra que dormita en los estantes repletos de años, sensibilidad e historia, que conserva el sabor ajeno de quienes lo paladearon antes que yo, de los que atesoraron su custodia y enriquecieron su saber. Si los libros tuvieran voz, hablarían sin mesura de lo que vieron y sintieron junto a los que les acogieron entre sus manos. Ellos, los libros, algunos ajados, cargados de años, deformados por el tiempo, esperan ahora un milagro. El reconocimiento no solo de su antigüedad, sino más bien el desmerecido aplauso de quien lo escribió, quizás el sentimiento oculto del despertar de un letargo injusto después del silencio de un olvido.

Voy despacio a lo largo de las casetas, atisbo anaqueles y elijo algún curioso ejemplar. Mi elección es casi siempre la misma. Un libro antiguo no demasiado viejo, pero sin título ni autor. Que la sorpresa venga a mí sola en un único gesto. En mi deambular, caen en mis manos clásicos   como Baroja, en edición cuidada de principios de los años veinte, de esos que hay que ojear con mimo. Al consultar el precio, el librero se crece ante mí. Es un hombre joven y defiende su herencia para mayor honra y gloria de quien le precedió. Me pregunta y escondo con cierto rubor mi expresión. Reconozco su valor pero me falta coraje para aceptar lo que me pide.

 

imagesContinúo el paseo hasta el final de la Feria. Algo defrauda y con las manos vacías entro en la minúscula trastienda de la última caseta. El librero no está. Le busco con la mirada fuera, en el paseo y mi intuición se despierta. En un rincón localizo dos ejemplares de lo que sería una obra completa, a no ser por la ausencia de un tercer volumen, y que su dueño hizo constar de su puño y letra en una de las páginas finales del primer libro. Se trataba de la biografía de Cicerón, editada hacia 1820 (creo recordar). Examiné los dos libros. Las cuadernas resistieron el paso del tiempo pero los lomos de piel estaban destrozados.

De pronto, apareció nuestro hombre. De cierta edad, de pelo cano y mirada incisiva. Le pregunté su precio porque no estaban marcados. Tan sólo disponían de una referencia escrita a mano en un trozo de papel a modo de marca páginas. No contestó a mi pregunta y, en su lugar, me inquirió con sagacidad y premura.

— Dígame sinceramente ¿cuánto estaría dispuesta a pagar? le confesaré que los he marcado a un precio de seiscientos Euros.

Lancé una mirada de asombro y estupefacción. Estaba claro que había visto en mí un posible filón, pero su técnica intimatoria no funcionó. Ante mi silencio, insistió en una valoración que pudiera dar paso a un tira y afloja.

Al poco y, ante su insistencia, rompí el silencio.

— Intuyo que llevamos caminos muy diferentes. Aserté sin vacilar.

— Pero dígame, dígame. Sin titubeos. Agregó con impaciencia.

Le miré fijamente y añadí:

— No pagaría más allá de cien Euros. 

Me contuve. Estaba claro que había arrojado una bomba sobre su cabeza.

— ¿Por los dos? exclamó asustado.

Esperé su reacción.

— Me acaba de confirmar que usted y yo no tenemos más que hablar. Repuso encolerizado.

Su voz estaba quebrada, insegura. Dio un respingo y salió de la caseta visiblemente contrariado, mientras sus ojos despedían pequeñas chispas. 

Y me dejó sola junto a los estantes repletos de libros viejos como el que tenia en las manos, que lamentaba sus heridas e imploraba algo de compasión. Seguí mirando ejemplares ajena a los movimientos del vendedor, cuando de pronto sentí como una punzada penetrante su mirada sobre mi nuca.

Y entonces me habló en un tono resuelto, como si reconociese la derrota pero no la aceptara. Estaba muy enfadado y, a pesar de ello, su tono de voz no se alzó. Sus palabras rezumaban resentimiento al sentirse objeto de una ofensa.

— En realidad no puedo aceptar esa propuesta de su parte.

Me volví y le miré sorprendida. Continuaba su alegato tratando de defenderse del insulto que según él había sufrido e, ignorando mi presencia, se sentó en el pequeño taburete para adoptar una postura indolente de pensador incomprendido.

Continué mirando otros libros, cuando noté que volvía a romper el silencio de aquella librería improvisada.

— Me niego a aceptar su ofrecimiento, ¿O es que me considera un librero chirlero?

Me extrañó el calificativo que, en ningún momento usé y con el que él mismo se auto calificaba. Me acerqué despacio y pude sentir más de cerca su cólera.

— No se enfade conmigo. Añadí en un tono cortés. No ha sido mi intención ofenderle. Me gustaría quedarme con los libros pero están muy deteriorados. Considero mi precio más que razonable. Lo lamento de veras. 

Ignoró mi presencia y continuó en su postura hierática de hombre herido y fracasado. Dirigí una última mirada al lugar y me encaminé hacia el paseo. El pequeño incidente había despertado cierto interés sobre los curiosos e iban agregándose algunos más. Salí por fin de la diminuta trastienda dejando atrás una sonrisa de desconsuelo.

IMG_0255Nunca lo consideré un fracaso, al contrario. Cuando viene a mi mente esta experiencia vivida sobre lo que pudo ser pero no sucedió con un par de libros tan antiguos como viejos, y analizo las causas que lo provocaron, se afianza aún más mi convencimiento sobre la fragilidad humana. Se puede ser un astuto comerciante pero jamás se debería traspasar la delgada y absurda línea de la mediocridad.

 

María de Fraile. Mayo de 2018.-

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