Polonia, el tercer Reich y la Música

Chopin, el cine y Roman Polansky.

De la película “El Pianista” del director Roman Polansky, se pueden extraer ciertas conclusiones. Estaba por encima de toda duda la pasión, entusiasmo e incluso la veneración que manifestaba el director al recrearse en una historia tan ingenua, aún más, podría ser susceptible a los sentimientos del espectador.

Un argumento tan verosímil como real hace que se enfrenten el mundo de la guerra y la dictadura nazi en una opresión casi al límite del estrangulamiento, en una Polonia invadida, menospreciada, casi anulada por el tercer Reich alemán.

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El espíritu de la música brota entre los escombros y las ruinas de Varsovia en el gueto judío. El relato sobre un compositor y pianista polaco, Wladyslaw Szpilman, que vivió en primera persona las experiencias y situaciones más dispares de que consta el relato, toma carta de naturaleza y consigue tonalidades inesperadas en las piezas musicales escogidas para ambientar el film.

Y el dragón alemán es vencido frente a las notas sublimes de un compositor como Chopin a través de los dedos temblorosos de un judío perseguido, fugitivo sin remisión, abocado al exterminio en el Campo de Auschwitz. Extenuado por la fatiga, el frío y el hambre, encuentra refugio en una casa en ruinas. Busca protección, comida, calor humano y no lo halla. Solo hay soledad y un piano en un rincón alejado de un salón destruido por las bombas. Se acerca a él y busca apoyo para acariciarlo. Por fortuna, no ha sufrido demasiado daño. Sus manos se deslizan suaves sobre el teclado.

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Detrás de un muro resquebrajado, un oficial nazi escucha agazapado. La emoción le embarga. Entonces, se produce el milagro. La ira, el odio vuelan por encima de sus cabezas hasta convertirse en humo. Sus miradas se encuentran, primero sorprendidos, luego conscientes de una realidad se dejan llevar por el efecto embriagador que actúa sobre ellos como un bálsamo. La música se hace dueña de sus sentimientos.

El tiempo se detiene. Ya no hay persecución solo belleza. Se abre un diálogo entre lo que hubiera podido ser y la fantasía de ese momento de gloria.

El_pianista-174753064-largeDesaparecieron los rencores del perseguidor. El temor del fugitivo se transformó en bienestar.

En Cracovia, de repente el invierno desaparece y da paso a una cálida brisa mientras suena Chopin a un solo instrumento, sin orquesta ni batuta, en una pequeña estancia. Más allá, al final de la angosta calle, el horror de la guerra les desafía.

Todo se ha destruido menos el corazón de ambos. Víctima y verdugo se unen en un abrazo ante un auditorio vacío y silencioso. No hay aplausos. La música ha vuelto a obrar el gran milagro de la comunión de almas.

María de Fraile, Julio 2017.-

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