Tarde de Soledad

Historia de un hijo fiel o el desarraigo.

De cómo la felicidad del ser humano puede pender del delgado y fino hilo de la suerte.
Aproveché una tarde ventosa de marzo en la que fui abandonada por unas horas, al amparo de mis ideas. Encontré cierta tranquilidad en una mesita alejada de mirones y corrientes de aire en una cafetería de las afueras. Lo que en otro tiempo fue campo y ahora se convirtió en suburbio urbano, mostraba su cara menos amable frente a la avalancha de zonas comerciales que asediaban con invadir definitivamente campos frondosos de vegetación, lomas y pequeños valles sombreados de frondosos árboles serpenteados por arroyos cristalinos.

En esa soledad complacida, me sentía dispuesta a aprovechar los momentos de asueto de que disponía. No siempre resulta fácil compaginar imaginación con apresuramiento, pero hice la promesa de cumplirlo.

Ordenaba mis trastos de informática y conexiones de wifi junto al cuaderno de notas, cuando la camarera de turno colocó sobre mi mesa un humeante café, al tiempo que entraron en escena dos personajes a cual de ellos más peculiar. Ocuparon una mesa no muy cercana a la mía pero sí lo suficiente como para distraer mi atención. Saltaba a la vista que se trataba de una madre anciana a la que acompañaba su hijo. Apostaría sin perder que era soltero, sin sustento a que aferrarse y muy ligado a sus faldas, no tanto por desmedida pasión filial, como por desdichada subsistencia material.

Edgar_Degas_-_In_a_Café_-_Google_Art_Project_2
En un Café (El Ajenjo) Edgar Degas.

La dama vestía de manera estrafalaria, aunque intentaba mostrar un cuidado especial. Era alta, muy delgada y de andares torpes e indecisos. Llevaba un pantalón de pijama de un color indefinido y que ella exhibía al pasear junto a las vitrinas que mostraban toda clase de suculentos y apetecibles manjares, a pesar de sus vanos intentos por ocultarlo bajo una falda larga hasta los tobillos, con volantes que el tiempo y la desidia transformó en deslucida apariencia. Su cuerpo se cubría con una blusa de encaje y un sombrerito ridículo y melancólico trataba de cubrir a duras penas sus cabellos enmarañados y poco limpios. El supuesto hijo la esperaba paciente, sentado mientras ella se debatía entre aperitivos calientes y fríos, zumos, copas de vino o jarras de cerveza. Una vez satisfecho su apetito y saciado su sed, volvía a pasear por el local para elegir un nuevo menú.

Comía y bebía a la par que hablaba de asuntos muy desdeñables a los oídos de su compañero, que permanecía silencioso, inmóvil, aislado del mundo y de todo, ausente de cuanto sucedía a su alrededor.

De vez cuando permitía que su mirada tropezase con la de ella, pero no se inmutaba. La misma escena se repitió una vez más y fue entonces cuando el hombre, de mediana edad, de aspecto triste, mirada esquiva, barba de varios días e indumentaria desaliñada, sacó un papel sobado y comenzó a anotar en él una lista de compra para el supermercado.

Aquellos ojos sin huella se perdían en el infinito cuando la anciana le comentaba lo que podían ser banalidades frívolas. Estaban juntos y nada les unía.

Por un momento, el hombre se encontró a sí mismo y pudo percibir con qué desprecio le trataba la vida, qué clase de destino incierto le aguardaba y se preguntó con qué armas le podría hacer frente.

Pero su gesto se apagó al comprender que esa forma de vida no tenía sentido para él y contempló cómo la luz del atardecer se apagaba en el horizonte, llevándose consigo la poca felicidad que le quedaba.

Triste alegría la de un hombre que siempre estuvo solo, a pesar de la carga que soportó a cambio de compañía, engañosa seguridad y un falso y mal aceptado bienestar.

María de Fraile, Abril 2017.-

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