La Lluvia de Abril

Fue durante una Semana Santa, a través de la radio, en una casita de monte que aún no tenía luz eléctrica, agua ni chimenea donde calentarse.

Desde el ventanuco del desván, se divisaba el gran valle y, entre la arboleda, los tejados rojos y negros de las viviendas vecinas brillaban por la lluvia menuda que resbalaba sobre ellos.

IMG_1325Mientras la radio cantaba y me arrullaba con voz gangosa de viejo transistor, la tarde transcurría al igual que la lluvia y ensombrecía despacio la silueta de las cumbres. Entonces, un velo fino de niebla envolvía los arbustos. ¡Dulces recuerdos!

Bajé las escaleras de aquel caserón y salí a sentarse en la balaustrada de piedra de la entrada. Olía a tierra mojada y aún no se había ido del todo la luz. Me dejé llevar a través de un camino sinuoso de piedra, hasta el montículo de un almacén de madera, ahora abandonado y solitario. El silencio acompañaba a la oscuridad, que poco a poco me cerraba el paso para que no continuara. Hube de volver de nuevo a la casa pues la luz era cada vez más tenue y empezaba a sentirme sola e inquieta en aquel paraje misterioso.

IMG_0013Ya de vuelta, busqué con la mirada los corros de rosales y arbustos que florecieron en aquellos años de juventud. Recordaba con nostalgia cómo su aroma me embriagaba desde la mesita de noche al acostarme. Desaparecieron o se agostaron durante algún cálido verano. Me desvié al buscar aquella vaquería que frecuentaba para conseguir la buena leche del campo a la que tan poco acostumbrada estaba en mi vertiginosa ciudad y cada fin de semana conseguía rica nata para preparar bizcochos y pastelillos de Cuaresma. Ya no estaba allí. El lugar había sido transformado en una finca con caballos para recreo de niños y grandes. Vallas para el salto, circuitos de arena fina para la práctica, aprendizaje y entrenamiento. Todo un negocio para satisfacer a los que, como yo, luchaban por conseguir algún aliciente lejos del agobio de la capital

Todo se había transformado. Ya no llenaría mi cestillo de moras al finalizar el verano, Las zarzas perdieron sus frutos, se quedaron ralas y enfermizas. Se construyeron más casas y poco a poco el valle se inundó de gentes que ansiaban descanso pero que a duras penas lo conseguían por el trajín que ello suponía para sus vidas.

Y el pueblo serrano, tranquilo y austero se llenó de tiendas, ferias, semanas gastronómicas y restaurantes de asador.

La vida que añorábamos, la transformamos sin apenas darnos cuenta en una complicada experiencia, y nos dimos cuenta que ese cambio no nos satisfacía. Sentimos frustración, pero hasta ahora no hemos encontrado una fórmula más apropiada, porque, y eso es lo fundamental, no somos conscientes de que la solución no está en huir de los convencionalismos que nos hemos creado, sino de valorar y recuperar los logros que habíamos perdido porque los considerábamos atrasados.

IMG_1640Dejé la gran urbe y me quedé en el valle a pesar de todo. Hay algo que no he perdido. El renacer de cada estación. Llega Abril y el autillo ulula en mi ventana como cada primavera. Al caer la noche busca a su presa y canta anunciando los días cálidos y las noches exuberantes de naturaleza. Espero impaciente su llegada.

María de Fraile, 1 de Abril de 2017.-

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