El sueño irreal

En la bruma caliente de un sol de verano, cuando el tiempo vuela en pos de algo irreal y la aventura forma parte de una obsesión casi insoportable, la mente aún dormida, se deja acariciar por la brisa de la mañana.

Apenas un bostezo y mi pereza se sacude de un golpe de mano como desembarazándose de pulgas y telarañas flotantes. Y después, una mirada a mi entorno larga y sosegada, con detenimiento y recreación, ensimismada en el límite de lo infinito para, por fin, decidir la puesta en marcha.

A lo lejos, un arbusto leñoso y seco proyecta su sombra sobre unas rocas. No hay árboles donde reposar y hacer más suave el andar. Tampoco casa para abrigo de sueños y temores. El camino continúa. Una veces pedregoso sobre llanura agreste y otras, en recodos y curvas sinuosas.

12907385_1711472895796629_413151934_nMe siento sola a pesar de haber buscado la soledad, pero esa solitud de la nada que hace el no saber adónde dirigir mis pasos, del miedo a la incertidumbre al averiguar qué habrá detrás de aquella loma, de una libertad incierta, de una irrealidad inexplicable, hacen de mi voluntad una cuerda floja insegura y frágil.

Mis zapatos no están hechos para ese camino, tengo frío y no puedo controlar el amargor de la impaciencia por llegar. Qué lejos estoy de lo mío, de mi ambiente, de lo que creo me pertenece.

Después de muchas horas de peregrinaje, el calor del sol adormece mis sentidos. Me siento débil, casi inerte. Desfallezco. No puedo continuar. Me falta el aire. Yazco sin aliento sobre la tenue humedad de un bosquecillo. Pasa el tiempo. Los árboles se llenan de hojas y vuelven a perderlas. Entonces la foresta se cubre de sombras, la tierra se hunde bajo mi cuerpo casi exánime, pero no siento nada, solo el crepitar de las ramas vacías, secas, retorcidas por las heladas. De pronto, como un despropósito, decido volver atrás, recuperar lo que había perdido y acariciar la dulce esperanza de encontrarlo todo en el mismo sitio que lo abandoné.

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He huido muchas veces en sueños perversos de una realidad absurda y, en la deserción, jamás me han abandonado los remordimientos por mi escapada furtiva. Mi maleta nunca ha llevado más de lo necesario, siempre ha faltado algo suficiente como para maldecir mi huida. Luego, mi mente grabaría a fuego la nueva recapitulación de no volver a intentarlo. ¿ Por qué entonces, esas ganas de salir del rincón delicioso de la irresponsabilidad? Un no hacer nada tal vez significa algo más que la decepción ante la impotencia, una renuncia a ultranza y luego, la resignación.

El sueño cesó como una sacudida y me vi sentada en la cama empapada por un sudor penetrante, pegajoso y hostil. Recuperé la consciencia de la verdad absoluta y el sueño eterno del miedo y la zozobra quedó convertido en una nube de calor. Aún quedaban rastros de congoja, pesadumbre por lo que podía haber sucedido y solo ocurrió en la locura de una ensoñación. Busqué a mi alrededor algo familiar, tierno que me hiciera suspirar de emoción por la alegría de una vuelta al hogar que durante el sueño había creído perder para siempre, y hallé el cobijo de un alma tranquila que descansaba junto a mí. Su respiración era sosegada e inconsciente buscó mi calor. Como en un ritual, nos abrazamos para proseguir más tarde juntos la senda de un sueño placentero.

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