Recuerdos de Juventud

 

 

Aún permanecen en mí ciertos ensueños de juventud, nada perversos, por cierto. Hablan de juego de peonza, vestidos luminosos de rayas o flores amarillas y verdes. De Faldas con frunces, con peto y tirantes, grandes bolsillos y golondrinas bordadas en los bajos. Hablan de primaveras suaves, de juegos y salidas vespertinas, de bullicio en las calles, sorpresas azucaradas y muñecas de ojos tristes. De blusas vaporosas con mangas de farol y botones diminutos fina y amorosamente planchadas. Olor a frescura cálida.

El suelo de madera de mi casa crujía como nunca lo había hecho antes. Sonaba a fiesta, juguete nuevo, helado de vainilla y chocolate caliente. Abajo en la calle, todo se movía de un modo inusual. Hoy había salido a comprar la leche como cada día y no había derramado ni una sola gota por el camino. Mi vestido relucía y también mi sonrisa. No llevaba sombrero. Un par de trenzas apretadas y dos lazos de colores adornaban mi cabeza. Sobre mis cejas, algo despobladas, lucía un bonito flequillo bien alineado y brillante como el resto del cabello. En mis pies, zapatos toscos con cordones, masculinos y decadentes. Nada de zapatitos de charol corte de princesa y trabillas en forma de pulsera sobre los tobillos. En mi caso, un sueño inalcanzable para una adolescente.

img_2371-2Aún ahora me gusta girar la peonza musical. La observo atentamente mientras da vueltas como una bailarina. Y un día, en una de tantas piruetas, la melodía dejó de sonar. Se quedó muda, pero giraba sola, melancólica de recuerdos y añoranzas.

Ahora está frente a mi mesa de trabajo, y me incita a que le haga bailar una vez más para que mi imaginación vuele con ella como tantas veces. Ya no tiene luz ni canción pero con solo tocarla vibra, salta y llena el espacio opaco convirtiéndolo en alegre y luminoso. Un solo giro de mis dedos y mi pequeña bailarina vuelve a danzar para mí.

Entonces, mi mente se relaja. El espacio se agranda. Las luces se apagan, el día se va y mi bailarina se hace más esbelta en la penumbra. Su silueta se estiliza hasta formar parte de un gran escenario de ballet donde todo es mágico. Ahora sí baila al ritmo de una melodía, solo para mí.

Fue entonces cuando mi pequeña peonza se transformó en un maravilloso cisne, y a la luz de la luna reflejó su esbelta silueta sobre el agua del estanque. Penumbras y sombras se mezclaron con los juncos y las plantas acuáticas de sus orillas. De repente, me sentí transportada hacia ese mundo de hadas y cuentos en la noche estrellada. Seguí con la mirada al cisne blanco que remontaba con la corriente, la estela hacia el gran lago del valle. Poco después, se perdió entre espumas y ondas de agua dulce. Y mi peonza dejó de bailar al contacto con el tablero de la mesa de estudio. Se había roto el hechizo. Solo quedó una peonza bailarina, postrada ante mis ojos, con la añoranza del cisne y su baile misterioso, de camino hacia otros mundos de ensueño.

 

María de Fraile. 6 de Diciembre de 2016.-

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