la tertulia del café

Tengo una amiga que gusta del buen café, cargado, espeso, en tertulia reducida. A mi amiga le sobran los preámbulos. Está pletórica de espontaneidad, no medita demasiado lo que dice. Su lenguaje es claro, sin titubeos, honesto con los demás y con un marcado acento de ironía.

Cuando me encuentro con ella, esporádicamente o en busca de un pretexto bien merecido, la observo calladamente desde mis dominios, como a la espera de algo que nunca se llegará a producir. Sus manos se mueven al compás de las palabras y marcan un ritmo de cadencia inimitable. Yo diría que dominan su entorno. Lo cuentan todo, más que eso: transmiten lo que calla discretamente.

El mejor café es el que más horas dura y ella lo mantenía en un rescoldo de hogar, apurándolo al fin cuando se agotaba el tiempo y había que escapar a otro lugar no demasiado grato, con escasa voluntad y un abuso desmedido de imaginación.

Cuántas historias al calor de un oloroso café, muy largo, habremos contado mi amiga y yo, y cuántas esperanzas ahogaríamos en esas tardes frías de lluvia pertinaz. El tiempo se nos antojaba entonces inmóvil, falto de energía, apagado por el interés. Fue emocionante disfrazarnos por unas horas de brujas confidentes para destrozar a nuestro antojo el universo material y reconstruirlo más tarde como un mecano.

Pero mi amiga proseguía su relato tras apurar las últimas gotas de café ya frío y deslavazado. Yo la observaba tímidamente en la penumbra de la tarde cuando el local se fue quedando vacío. El salón de tertulias quedó solitario y el murmullo de nuestras voces se quebró en el silencio.

Luego, quedamos tan saturadas por el café y las palabras que el mal recuerdo de nuestras historias se redujo a una conjetura. Fue entonces cuando se produjo el milagro. Entendíamos el mundo del lenguaje a través de la insatisfacción personal y tal vez el fracaso, pero valorábamos el sentimiento puro de la comprensión y eso hizo que nuestras inquietudes se suavizaran. De cualquier forma, fue el café el mudo testigo de tantas batallas como treguas de paz.

Mi amiga sigue tomando café, removiendo su propia esencia entre ese mar negro y proceloso matizado por unas gotas de crema. Ahora es más aficionada que nunca. Cualquier lugar es bueno para ella. Lo esencial es compartir una mirada de complicidad, un prolongado silencio, o una premeditada huida de algún lugar indeseado en una tarde lluviosa al abrigo de un confortable café.

Atrás quedó la hilera de sucesos y anécdotas. El tiempo hizo que nuestras vidas se separaran. Ya todo terminó.

Volví a encontrarme con mi amiga junto a una taza de café. Me escapé por unos momentos de mi labor cotidiana. Estaba claro que podría compartir de nuevo experiencias, sensaciones, recuperar tal vez una relación perdida. Sin embargo su mirada quedó turbada por la tristeza. Comprendí que algo se escapó hace tiempo de entre nosotras. Sería la amistad, quizás un deseo de continuidad, o incluso una brizna de libertad.

 

María de Fraile.

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Un comentario sobre “la tertulia del café

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  1. ¡Hola María!

    Me ha encandilado tu relato, tan bien redactado y lleno de esa prosa tan rica que sueles gastar. Lo cierto es que no sabemos del valor de la amistad hasta que la perdemos; y entonces es demasiado tarde para recuperarla.

    Gracias por deleitarme con un pedacito de tu gran talento.

    Un besazo!

    Me gusta

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