¿Recuerdas?

Breves vacaciones en el Caribe exuberante.

El mar, la noche negra, una estela de espuma que el barco deja a su paso, vientos suaves de poniente cálido.

Ni una estrella, tan solo oscuridad en un mar de sombras. A lo lejos, otro barco borra la línea del horizonte y desaparece para hundirse en la boca de la noche.

A bordo, la fiesta se agita, se cimbrea al ritmo del agua. Los motores rompen el silencio de cubierta. Mientras, el viento azota los vestidos como queriendo arrancarlos de mí.

Verano. Aguas tranquilas de un océano engañoso, cristalinas como en las Antillas, verdes intensas como en las Vírgenes, procelosas y profundas como en las Bermudas.

Playas de arena fina, casi polvorienta, blancas de cal, cocoteros preñados, vegetación exultante. Silencio.

Después de un almuerzo frugal, el reposo de la canícula bajo la fronda. La piel escupe sal, se duele resignada, pero un chaparrón repentino alivia su fuego. Y el cuerpo se inunda de frescura, limpio ya de la brasa del salitre.

El cielo se abre como las páginas de un cuento en relieve y nos muestra su color. Las nubes murieron. Ya pasó la tormenta.

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